· Filosofía estoica

La Stoa Pintada de Atenas: cuna del estoicismo

Historia arquitectónica de la Stoa Poikile, sus frescos, su función cívica y por qué Zenón eligió enseñar ahí. Excavaciones de la ASCSA.

13 Apr 2020 23 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Epicteto enseñando bajo las columnas de la Stoa Pintada del ágora ateniense

Si caminas hoy por el Ágora antigua de Atenas, justo en el sector noroeste, junto a la línea del ferrocarril que la atraviesa, vas a encontrar un rectángulo bajo de piedra caliza con muñones de columnas. No hay frescos. No hay techo. No hay paredes verticales. Hay cimientos, una grada de poros, fragmentos de fuste de mármol pentélico y bloques de toba reaprovechados. Para el ojo no entrenado, no es nada. Para quien sepa lo que está mirando, es una de las construcciones más consecuentes en la historia del pensamiento occidental: la Stoa Poikile, la "Columnata Pintada".

De ese edificio largo, abierto, transitado, deriva el nombre de una escuela filosófica que sobrevivió seis siglos en su versión antigua y que, dos mil años después, sigue siendo leída, citada y traducida. Estoico significa, literalmente, "de la stoa". No "de una stoa cualquiera": de esta. La que está en el ágora. La que pintaron Polígnoto, Mikon y Panainos. La que vio pasar trofeos persas, escudos espartanos capturados, juicios públicos, comerciantes ambulantes, predicadores, mendigos y, hacia el fin del siglo IV a.C., a un metico chipriota arruinado por un naufragio que terminaría dándole nombre a su filosofía.

Vale la pena reconstruir el edificio antes de hablar de la escuela. La filosofía estoica suele contarse como si hubiera nacido en abstracto, en un vacío conceptual, como si las ideas existieran al margen del lugar donde se discutieron. No fue así. Zenón eligió una columnata específica. Esa columnata tenía una historia, una arquitectura y una función cívica que ya estaban formadas cuando él llegó. Conocer ese edificio es entender por qué la filosofía que se enseñó allí salió como salió.

El ágora antes de la stoa

El ágora ateniense no fue un proyecto urbanístico unificado. Creció por capas. Para finales del siglo VI a.C., bajo los últimos Pisistrátidas y luego con las reformas de Clístenes, ya tenía la función que iba a conservar durante toda la Antigüedad: era el espacio donde se cruzaban las dimensiones política, judicial, comercial y religiosa de la ciudad. No era una plaza en el sentido medieval ni una piazza renacentista. Era un terreno en pendiente, irregular, atravesado por el Panathenaico, salpicado de altares, fuentes, hitos cultuales y edificios administrativos.

En el invierno del 480/479 a.C., los persas de Jerjes ocuparon Atenas y arrasaron con todo lo que encontraron. El ágora quedó cubierta de ceniza. La acrópolis ardió. Los templos arcaicos fueron reducidos a cimientos calcinados. Cuando los atenienses regresaron tras Salamina y Platea, tomaron una decisión política importante: no reconstruir inmediatamente los templos destruidos. Esa demora, que durará décadas en el caso del Partenón, dejó visible la herida persa. Pero el ágora, espacio cívico y económico, no podía esperar. Había que reabrirla, reordenarla y dotarla de las construcciones que la ciudad necesitaba para funcionar.

Es en ese contexto que aparece la primera oleada de estoas en Atenas. Las stoas son una solución arquitectónica eficiente y mediterránea: un pórtico largo, abierto por el frente con una columnata, cerrado por detrás con un muro continuo, cubierto con un techo a dos aguas. Dan sombra, protegen de la lluvia, no requieren puerta y ofrecen un espacio público gratuito. El ágora ateniense iba a llenarse de stoas a lo largo de los siguientes siglos: la Stoa Basileios al noroeste, la Stoa de Zeus Eleuterio justo al lado, la Stoa Sur, y mucho después la Stoa de Átalo en el flanco oriental. La Stoa Poikile pertenece a la primera generación de ese tipo, la de mediados del siglo V.

Construcción: c. 470-460 a.C.

La datación más aceptada hoy, basada en la cerámica recuperada en los rellenos de cimentación durante las excavaciones modernas, sitúa la construcción de la Stoa Poikile entre el 475 y el 460 a.C. Está, por tanto, en el horizonte cronológico inmediatamente posterior a las Guerras Médicas y contemporáneo del auge político de Cimón, hijo de Milcíades.

El financista del edificio fue, según las fuentes, un tal Peisianax, cuñado de Cimón. La Stoa, de hecho, llegó a llamarse Stoa Peisianacteia antes de que el nombre se estabilizara como Poikile, "la pintada", por sus frescos. Esa duplicidad de nombres es habitual en la documentación antigua y refleja un patrón muy ático: el patrocinio privado de obras públicas por parte de las grandes familias aristocráticas. No era exactamente un edificio del estado. Era un edificio puesto al servicio del estado por un particular adinerado, en el contexto de una élite que competía por prestigio cívico.

Cimón estaba en el centro de esa lógica. Su padre Milcíades había vencido en Maratón. Cimón mismo había acumulado riqueza con el botín obtenido en las campañas contra los persas en el Egeo y Asia Menor. Volcó parte de ese capital en obras de embellecimiento de Atenas: plantó plátanos en la Academia, niveló terrenos, contribuyó a la construcción de los Largos Muros, financió un programa pictórico que decoró varios edificios públicos. La Stoa Poikile pertenece a ese programa. No es casual que sus pinturas glorifiquen tanto a Maratón como a la mítica victoria sobre las amazonas: la familia de Cimón tenía un interés directo en que la memoria oficial de Atenas se anclara en esos episodios.

Arquitectónicamente, era una stoa dórica de planta rectangular, de unos 36 a 40 metros de largo (las medidas se siguen ajustando a medida que las excavaciones revelan más esquinas) por 12 a 13 de profundidad. La fachada principal daba al sur, hacia el ágora abierta. Al frente corría una columnata dórica; en el interior, una columnata jónica más esbelta dividía el espacio. El uso combinado de dórico fuera y jónico dentro fue una solución elegante que se repite en otros edificios del periodo y que permite techos amplios sin un bosque de columnas. El zócalo era de poros, las columnas y partes nobles de mármol pentélico. Los muros, planos por dentro, fueron preparados desde el inicio para recibir paneles pintados.

Polígnoto, Mikon, Panainos: las cuatro pinturas

Aquí es donde la Stoa deja de ser un edificio entre otros. Sus muros interiores fueron decorados con cuatro grandes composiciones pictóricas, ejecutadas por los mejores pintores del mundo griego del momento. No eran frescos sobre el muro mismo, como en los palacios cretenses o en Pompeya: eran paneles de madera (sanides) pintados al temple, encajados en los paramentos. Esa técnica permitía un nivel de detalle y una paleta más amplia que la pintura mural directa, y también explica por qué las obras pudieron retirarse o perderse con relativa facilidad en épocas posteriores.

Las cuatro composiciones, según la descripción que dejó Pausanias en el libro I de su Descripción de Grecia a mediados del siglo II d.C., eran las siguientes.

La primera era una amazonomaquia: el combate entre los atenienses, dirigidos por Teseo, y las amazonas que habían invadido el Ática en el ciclo mítico arcaico. La iconografía de las amazonas, con sus pelta y hachas, era un equivalente simbólico del enfrentamiento con los persas: bárbaros venidos del este, derrotados por la disciplina cívica del orden ateniense. La amazonomaquia se repite, en mármol, en las metopas occidentales del Partenón y en el escudo de la Atenea Partenos, exactamente por la misma razón.

La segunda escena era una iliupersis: la caída de Troya, con el reparto del botín y los cautivos. Pausanias menciona específicamente la representación de los reyes griegos sentados en consejo, debatiendo el ultraje de Áyax el Locrio contra Casandra. Esa escena no era solo decorativa. Aludía al equilibrio entre nomos y violencia en el momento mismo de la victoria, un tema que cualquier ateniense del siglo V podía leer también como un comentario sobre cómo se gestiona el poder después de una guerra ganada.

La tercera era la batalla de Maratón del 490 a.C., la única de las cuatro composiciones que representaba un episodio histórico reciente y verificable. Pausanias dice que se reconocía a los hoplitas atenienses cargando contra los persas, a los plateos a su lado, al héroe Equetlo armado con un arado, y a Milcíades destacado entre los estrategos. Esto es relevante: en la Grecia clásica era inusitado que un ciudadano apareciera identificable, con sus rasgos, en una obra pública. Que Milcíades figurara allí era un homenaje al padre de Cimón y, de paso, una declaración de qué linaje le había dado a Atenas su libertad.

La cuarta composición representaba una batalla mítica de los atenienses contra los lacedemonios en Eonas, en el Argólide, episodio conectado con las leyendas de los hijos de Heracles. La elección parece menos transparente que las otras tres, y los historiadores modernos han discutido si quizás aludía a tensiones más recientes con Esparta, transpuestas a tiempo mítico para evitar fricciones diplomáticas. En cualquier caso, completaba un programa coherente: cuatro victorias de Atenas sobre cuatro tipos de enemigo, dos míticos y dos cuasi-históricos.

Los autores de las pinturas se reparten así, según las fuentes antiguas: Polígnoto de Tasos, considerado por Aristóteles el primer pintor capaz de representar el carácter moral de sus figuras (ethos), trabajó en la iliupersis y, probablemente, en una parte de la amazonomaquia; Mikon de Atenas participó en la amazonomaquia y en otras composiciones; Panainos, hermano (o sobrino, según la fuente) de Fidias, ejecutó la batalla de Maratón. Polígnoto, según Plutarco, no cobró por su trabajo y lo donó como gesto de buena voluntad cívica, lo que le valió la concesión de la ciudadanía ateniense, privilegio rarísimo para un extranjero.

Ninguna de las cuatro pinturas sobrevive. Lo que sabemos de ellas viene de descripciones literarias —Pausanias es la más completa, pero hay también menciones en Plutarco, Eliano, Sinesio y otros—, de algunos vasos áticos contemporáneos cuya iconografía parece derivada de las composiciones de la Stoa, y de las copias romanas y reinterpretaciones helenísticas que pueden rastrearse en mosaicos y relieves posteriores. La pérdida de la pintura griega clásica es uno de los grandes huecos de la cultura material antigua: tenemos sus templos, sus estatuas, su cerámica, pero las grandes composiciones pictóricas, que para los antiguos eran tanto o más valiosas que las esculturas, desaparecieron casi por completo.

Función cívica: trofeos, juicios, vida cotidiana

La Stoa Poikile no era un museo en sentido moderno. Era, sobre todo, un espacio de uso. Y se usaba para varias cosas a la vez.

Era, en primer lugar, un edificio votivo. En sus muros y dentro de su nave se exponían armas tomadas a los enemigos: trofeos. Pausanias menciona explícitamente escudos espartanos capturados en la batalla de Esfacteria en el 425 a.C., durante la Guerra del Peloponeso, cuando Cleón y Demóstenes consiguieron rendir a un contingente espartiata atrapado en una isla, episodio que tuvo un impacto enorme en la moral ateniense porque rompió el mito de la invencibilidad espartiata en tierra. Uno de esos escudos se encontró durante las excavaciones modernas: tiene una inscripción punzonada en bronce que dice, traducida, "los atenienses, de los lacedemonios, en Pilos". Es uno de los hallazgos más espectaculares del Ágora y se exhibe hoy en el museo del sitio.

Había también escudos persas del 490, despojos diversos de campañas posteriores y, según algunas fuentes, las cadenas con las que los persas pretendían atar a los prisioneros griegos en Maratón. Cuántos de estos objetos eran auténticos y cuántos eran exhibiciones simbólicas o restituciones tardías es debate erudito. Lo importante para nuestros fines es que la Stoa funcionaba como una galería pública de la memoria militar ateniense, anclada visualmente por las pinturas y materializada por los trofeos.

En segundo lugar, era un espacio judicial ocasional. Algunas fuentes documentan que ciertos juicios, especialmente los relativos a delitos religiosos o aquellos vinculados al arconte rey, se celebraron bajo sus columnas. La Stoa Basileios, vecina, era el tribunal habitual del arconte rey; pero la Poikile servía como espacio auxiliar. La distinción entre "tribunal" y "lugar de reunión" no era nítida en la Atenas clásica: muchas asambleas judiciales sucedían al aire libre o bajo pórticos, y un mismo edificio podía albergar funciones distintas en días distintos.

En tercer lugar, y probablemente lo más importante en términos de la vida cotidiana, era un lugar de paso, encuentro y conversación. Las stoas griegas eran lo más cercano a un "tercer lugar" en términos sociológicos modernos: ni casa ni trabajo, sino un espacio público donde la sociabilidad ocurría sin un propósito definido. Tragafuegos, lectores de poemas, vendedores de pescado seco, predicadores religiosos, profetas vagabundos, mendigos, niños jugando, hombres adultos charlando en grupos pequeños: todo eso es lo que poblaría la Stoa Poikile en una jornada ordinaria. Diógenes Laercio, en su Vidas de los filósofos, deja entender que para finales del siglo IV a.C. era uno de los lugares de Atenas con más circulación de personas heterogéneas, precisamente por su ubicación en el costado norte del ágora, en el cruce de varias rutas peatonales hacia las puertas septentrionales de la ciudad.

También fue, brevemente, escenario de horrores políticos: durante el régimen de los Treinta Tiranos, en el 404/403 a.C., la Stoa fue usada como punto de exhibición de cuerpos de ejecutados, según testimonios indirectos. Esa función macabra terminó con la restauración democrática, pero ilustra hasta qué punto el edificio era un punto neurálgico de la vida pública.

Cleón, los predicadores y el ruido del ágora

Para los oradores, la Stoa Poikile era una tribuna informal. Cleón, en una anécdota muy citada, fue criticado por arengar al pueblo desde sus columnas en lugar de hacerlo desde la tribuna oficial de la Pnyx. Eso significaba dos cosas: que la audiencia estaba ya allí, sin tener que convocarse, y que el acto mismo de hablar en la Stoa marcaba un cierto desdén por las formas. Para los conservadores aristocráticos, ese gesto era populismo. Para Cleón y sus seguidores, era democracia operando donde efectivamente se cruzaba la gente.

El siglo IV a.C. trajo una densidad nueva al ágora. Atenas perdió la guerra contra Esparta en el 404, vivió la guerra de Corinto, recuperó parcialmente influencia con la Segunda Liga, fue derrotada por Filipo II en Queronea en el 338. Para el final de ese siglo, la ciudad había dejado de ser una potencia hegemónica y se había convertido en un centro intelectual y comercial dentro de un mundo controlado por las dinastías helenísticas surgidas tras la muerte de Alejandro. Las stoas seguían llenas. Pero el sentido había cambiado: el ágora ya no era el corazón de un imperio, sino el laboratorio de un mundo cosmopolita que mezclaba griegos peninsulares, jonios, macedonios, italiotas, fenicios, judíos, egipcios y chipriotas.

Zenón llega a Atenas

En ese ágora del temprano siglo III a.C. aparece Zenón. Nació hacia el 334 a.C. en Citio, en Chipre, una ciudad fenicio-griega en la costa sur de la isla. Su padre, Mnaseas, era comerciante. La leyenda —que conviene tomar con todas las prevenciones que merece— dice que Zenón llegó a Atenas a consecuencia de un naufragio. Trasladaba un cargamento de púrpura desde Fenicia hacia el Pireo cuando el barco se hundió. Perdió todo. Herido, sin recursos, terminó en una librería del ágora, hojeó por casualidad un libro sobre Sócrates, preguntó dónde podía encontrar a alguien así, y siguió hasta el filósofo cínico Crates de Tebas, que estaba pasando por la ciudad. Crates lo aceptó como discípulo.

La cronología precisa es imprecisa. La fecha del naufragio se calcula entre el 313 y el 312 a.C., y la fundación efectiva de su escuela en la Stoa Poikile suele situarse alrededor del 301-300 a.C., después de un período de aprendizaje con Crates, con Estilpón de Megara y con varios maestros académicos. Para entonces Zenón llevaba más de una década en Atenas, ya conocía a fondo la ciudad, hablaba el griego ático con acento extranjero (Diógenes Laercio recoge varias bromas de Zenón sobre su propio acento) y tenía discípulos propios.

Eligió la Stoa Poikile como sede de sus enseñanzas. La explicación tradicional es económica: no podía permitirse alquilar un local privado, no era ciudadano ni tenía protector aristocrático, y la columnata era gratuita. Es plausible. Pero no es la única razón posible. Para entonces, la Stoa tenía casi dos siglos. Las pinturas habían sido restauradas y eran objeto de visita; los trofeos seguían ahí; el flujo de gente era constante. Enseñar en ese lugar era enseñar en un punto de máxima visibilidad pública. Era también una declaración filosófica: la verdad se discute donde la gente camina, no en jardines cerrados.

Hay un dato curioso. El cronista antiguo dice que, antes de que Zenón llegara, la Stoa había sido ocupada por una secta menor de poetas trágicos llamada los poikiloi, y que la zona tenía mala reputación porque allí se habían producido algunas masacres durante la guerra civil que siguió a la caída de los Treinta. Zenón, según esta versión, habría elegido el lugar precisamente porque estaba relativamente despejado de otras escuelas competidoras y porque la asociación lúgubre lo había vuelto un sitio en el que pocos respetables querían quedarse mucho rato. La filosofía estoica habría empezado, pues, en un lugar barato y vagamente siniestro.

Cómo se enseñaba bajo la columnata

No tenemos descripciones detalladas de las clases de Zenón, pero podemos reconstruir bastante a partir de Diógenes Laercio y de algunos comentarios dispersos en autores posteriores. Zenón paseaba bajo el pórtico mientras hablaba. A los discípulos más serios les marcaba lecturas y discusiones formales. A los curiosos que se acercaban un rato les respondía preguntas. Era ascético en su estilo de vida, austero en su vestimenta, breve en sus formulaciones. Sus discípulos lo imitaban en eso: por contraste con los aristotélicos del Liceo, conocidos por sus tratados elaborados, los estoicos primitivos eran famosos por su tendencia a la sentencia corta y por una especie de severidad casi moralista.

El espacio físico moldeaba la enseñanza. Una stoa abierta no permite la concentración íntima de un patio cerrado. El ruido del ágora —pregones, animales, carros, conversaciones cruzadas— estaba siempre presente. Eso obligaba a que la palabra fuera concisa, que las definiciones se pudieran sostener en condiciones difíciles, que las tesis se pudieran defender frente a un público no necesariamente solidario. La filosofía estoica primitiva tiene esa rugosidad: trabaja con definiciones precisas, distinciones cortantes, listas memorizables. Es una filosofía pensada para sostenerse contra la fricción.

Es también una filosofía de exposición pública. Cualquiera podía pasar y escuchar. Eso incluía esclavos, mujeres, extranjeros, viajeros. La Stoa filosófica fue desde el inicio menos endogámica que la Academia o el Liceo. No es coincidencia que entre los estoicos posteriores haya un esclavo (Epicteto), un comerciante chipriota (Zenón), un emperador romano (Marco Aurelio), un cargador de agua (Cleantes). La heterogeneidad social de la escuela tiene un correlato directo en la heterogeneidad social del lugar donde nació.

De Zenón a Crisipo: la consolidación

Zenón murió hacia el 262 a.C., a edad avanzada. Le sucedió como escolarca Cleantes de Asos, un boxeador retirado convertido en filósofo, famoso por trabajar de noche cargando agua para los huertos del barrio para poder asistir a las clases de día. Cleantes era de pocas luces, según las fuentes antiguas —que tienen tendencia al chisme—, pero de una tenacidad inmensa. Mantuvo la escuela durante poco más de tres décadas y la entregó, hacia el 230 a.C., a un personaje muy distinto: Crisipo de Solos.

Crisipo fue el sistematizador. Donde Zenón daba sentencias y Cleantes repetía, Crisipo escribió. Diógenes Laercio le atribuye 705 obras. La frase clásica del antiguo —"si no hubiera habido Crisipo, no habría habido Stoa"— refleja correctamente el peso de su producción. Construyó la lógica estoica, articuló la física como una cosmología providencial coherente, refinó la ética hasta convertirla en un sistema técnico con vocabulario propio. Casi todo se ha perdido. Lo que tenemos son fragmentos citados por adversarios (especialmente Plutarco) o por compendiadores tardíos. Aun así, basta para reconstruir las grandes líneas.

Después de Crisipo, la escuela atravesó una fase media: Panecio de Rodas hacia mediados del siglo II a.C. fue el filósofo que abrió el estoicismo al mundo romano, suavizando algunas de las posiciones más radicales del primer estoicismo y haciéndolas más aceptables para un público aristocrático. Frecuentó el círculo de Escipión Emiliano y fue, en cierto modo, el primer puente entre la Stoa griega y la cultura senatorial romana. Posidonio de Apamea, su sucesor más importante, fue un erudito enciclopédico —geografía, astronomía, etnografía, historia, teoría de las mareas— y maestro de Cicerón en Rodas. Con Posidonio, el estoicismo deja de ser una escuela ática para convertirse en una corriente intelectual mediterránea.

La Stoa Poikile seguía siendo, al menos nominalmente, la sede ateniense. Pero el centro de gravedad se había desplazado. Para el siglo I a.C., los estoicos importantes ya no enseñaban necesariamente en Atenas. Cuando Sila saqueó la ciudad en el 86 a.C. durante la Primera Guerra Mitridática, el ágora sufrió daños severos. Algunas de las pinturas de la Stoa, según Plinio el Viejo, fueron arrancadas y llevadas a Roma. La escuela como institución continuó, pero el edificio empezó a despoblarse de su contenido.

Las pinturas perdidas

El proceso de pérdida de los paneles fue gradual y está mal documentado. Pausanias, en el siglo II d.C., aún las describe en su sitio. Pero ya menciona algunos detalles como si los hubiera escuchado y no exactamente visto, lo que sugiere que partes del programa estaban deterioradas. Sinesio de Cirene, en el siglo IV/V d.C., en una carta célebre, dice que las pinturas habían sido removidas por un procónsul codicioso y que la Stoa había quedado como una concha vacía.

El destino físico de los paneles —probable desaparición por descomposición de la madera, expolio individual, o transporte hacia colecciones privadas en Constantinopla y otras ciudades del imperio— no se puede reconstruir con detalle. Lo que importa es la cronología cultural: para fines del siglo IV d.C., la poikile ya no era poikile. Ya no estaba pintada.

Los hérulos, Alarico y el final

El golpe arquitectónico decisivo llegó en el 267 d.C. Una incursión del pueblo germánico de los hérulos atravesó los Balcanes, bajó hasta el Ática y saqueó Atenas. El ágora antiguo fue gravemente dañado. Muchos edificios se incendiaron y nunca se reconstruyeron en su forma original. La Stoa Poikile sufrió daños severos. Algunas reparaciones posteriores reaprovecharon bloques de otras estructuras, lo que se observa hoy en los cimientos: hay piezas de toba y mármol que claramente vienen de otros edificios desmontados.

En el 396 d.C., los visigodos de Alarico atravesaron Grecia. Atenas, que para entonces ya era una sombra de su antiguo poder, fue saqueada de nuevo. La Stoa, ya muy deteriorada, no se recuperó. Para el siglo V d.C., el ágora antigua estaba en ruinas y fue parcialmente cubierta por construcciones bizantinas posteriores. El edificio de la Poikile quedó enterrado bajo capas sucesivas de habitación, cementerios, calles medievales y, mucho más tarde, casas otomanas y del periodo de la independencia griega.

Curiosamente, la última escuela filosófica de Atenas —la Academia neoplatónica— fue cerrada por Justiniano en el 529 d.C., apagando institucionalmente la enseñanza filosófica griega antigua. Para entonces, la Stoa estoica como institución llevaba siglos extinguida. Pero el nombre persistió en la literatura, y a través de la transmisión de Séneca, Epicteto, Marco Aurelio y de los compendios bizantinos como el de Estobeo, el estoicismo siguió siendo leído en Bizancio, en el mundo árabe y luego en el Renacimiento europeo.

El redescubrimiento moderno

El ágora ateniense empezó a ser recuperada arqueológicamente solo en el siglo XX. Hasta entonces, era un barrio densamente habitado, llamado Vrysaki, con calles estrechas, casas, talleres, una iglesia. La American School of Classical Studies at Athens (ASCSA) obtuvo el permiso del estado griego en 1929 para iniciar excavaciones sistemáticas. El proyecto, financiado en gran medida por John D. Rockefeller Jr., implicó la expropiación y demolición de centenares de viviendas, una operación social compleja pero arqueológicamente decisiva.

Las primeras décadas se concentraron en la parte central del ágora. Bajo la dirección de Homer Thompson, las excavaciones identificaron y reconstruyeron edificios como el Tholos, el Bouleuterion, la Stoa de Átalo —reconstruida en 1956 como museo del sitio— y la Stoa Basileios. La Stoa Poikile, sin embargo, seguía oculta. Estaba bajo la calle moderna Adrianou, en el costado norte del ágora antigua, fuera del perímetro inicialmente expropiado. Su localización exacta era objeto de debate académico durante décadas, basado fundamentalmente en la topografía de Pausanias.

El paso decisivo lo dio el equipo dirigido por T. Leslie Shear Jr. en la década de 1980. Las excavaciones en el sector noroeste del ágora, después de la expropiación de un nuevo conjunto de manzanas, sacaron a la luz los cimientos de una stoa larga, dórica al frente y jónica adentro, con orientación este-oeste, en una posición que coincidía con las indicaciones de Pausanias. El hallazgo del escudo espartano inscrito —"los atenienses, de los lacedemonios, en Pilos"— en los rellenos del derrumbe terminó de confirmar la identificación. Era la Poikile.

El trabajo continuó en las décadas siguientes bajo John McK. Camp II, director actual de las excavaciones del Ágora, y su equipo, incluida la fotógrafa y arqueóloga Craig Mauzy. Camp ha publicado varias síntesis sobre el sitio, entre las cuales su libro The Athenian Agora (Thames & Hudson, varias ediciones desde 1986) es la referencia más accesible. Las publicaciones técnicas aparecen periódicamente en la revista Hesperia de la ASCSA.

Lo que se ve hoy de la Poikile es modesto: un tramo de cimentación, fragmentos de columnata. Una buena parte del edificio sigue bajo edificaciones modernas y bajo la propia calle Adrianou, y probablemente nunca será excavada en su totalidad. Pero la planta es identificable. La orientación coincide con la fuente. Y el pequeño museo del sitio —dentro de la reconstruida Stoa de Átalo, a unos cien metros— exhibe objetos directamente relacionados, incluido el escudo espartano.

Las fuentes para reconstruir el edificio

Para quien quiera profundizar, las fuentes primarias y secundarias relevantes son las siguientes. Pausanias, Descripción de Grecia, libro I, capítulos 15 a 17, ofrece la descripción más detallada de las pinturas y de los trofeos. Es un texto del siglo II d.C., lo que significa que describe el edificio cuando ya tenía seis siglos pero antes del derrumbe definitivo. Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos, libro VII, contiene la biografía de Zenón, las anécdotas sobre el naufragio, la elección de la Stoa y los nombres de los discípulos. Es un compendio del siglo III d.C., poco crítico pero indispensable.

Plutarco, en varias Vidas —especialmente las de Cimón y de Pericles— y en sus Moralia, da datos sobre la financiación del edificio y sobre la donación de Polígnoto. Plinio el Viejo, Historia Natural, libro XXXV, contiene información sobre las técnicas pictóricas y sobre el destino posterior de algunas obras.

Entre las referencias modernas, los libros de John M. Camp ya citados son el punto de entrada estándar. La obra colectiva The Athenian Agora: Site Guide (ASCSA, ediciones sucesivas) es una guía concisa. Para el contexto político y urbano, Robin Waterfield, Why Socrates Died (W.W. Norton, 2009) ofrece un panorama del ágora del siglo V útil para entender el entorno en que la Stoa fue inaugurada. Robin Lane Fox, The Classical World (Penguin, 2006) sitúa el edificio dentro de la historia general grecorromana.

Sobre la pintura griega clásica y la reconstrucción de los paneles perdidos, los trabajos clásicos son los de Mark D. Stansbury-O'Donnell sobre Polígnoto y los estudios técnicos publicados en Hesperia. La bibliografía sobre la pintura de Polígnoto es enorme y muy especializada; quien se interese debe entrar por el aparato crítico de las ediciones de Pausanias.

Qué queda

De aquel edificio queda hoy menos del 10% de su superficie excavada, sus pinturas se perdieron hace al menos quince siglos, sus trofeos fueron dispersados, sus columnas aprovechadas como material de construcción para iglesias bizantinas y casas otomanas. No es mucho. Y sin embargo, quien recorra el Ágora un día de invierno, con las nubes bajas sobre el Areópago y la grava crujiendo bajo los zapatos, y se detenga frente a esos cimientos del lado norte, puede reconstruir mentalmente la escena: la columnata dórica al frente, los muros internos cubiertos de paneles pintados con caballos, hoplitas, amazonas, ruinas troyanas, escudos colgados del muro, predicadores en una esquina, niños corriendo, el hueco norte del ágora que sube hacia las puertas septentrionales, y bajo el techo, paseando, un hombre delgado de acento extranjero hablando con voz baja sobre lo que depende de nosotros y lo que no.

El edificio es anterior a la filosofía. Sin la Stoa, el estoicismo se habría llamado de otra manera y se habría parecido a otra cosa. Le debe el nombre, le debe el carácter público, le debe la fricción del ágora que lo obligó a ser conciso. Cuando hablamos hoy de filosofía estoica, hablamos —incluso sin saberlo— de un edificio griego construido alrededor del año 460 antes de Cristo, financiado por el cuñado de un general, pintado por tres maestros del siglo de Pericles, llenado de trofeos, cruzado por siglos de gente, dañado por hérulos y visigodos, sepultado bajo casas medievales, y reencontrado, parcialmente, por arqueólogos americanos en los años ochenta del siglo pasado. Esa cadena material —piedra, madera, pigmento, tierra, papel, archivo— es lo que sostiene la palabra que todavía pronunciamos cuando alguien dice "estoico".


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