· Emprendimiento

Estoicismo para emprendedores que arrancan solos

Salud mental del founder (Freeman 2015), solitude vs loneliness (Cacioppo, Storr), y los estoicos sobre amistad: Séneca, cartas 9, 35 y 109.

07 Sep 2020 9 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Séneca subiendo solo por una montaña de noche — estoicismo para quien emprende solo
Summary: <p>Trabajar solo tiene una textura específica que la cultura del founder héroe se niega a nombrar. Este texto separa la soledad elegida —la que sostuvo a Curie, a Cartier-Bresson, a los estoicos— de la soledad sufrida que estudia Cacioppo y que enferma a la mitad de los fundadores según Freeman. Y propone leer a Séneca y a Marco Aurelio no como un manual de productividad, sino como una conversación con quienes ya intentaron sostenerse desde adentro.</p>

Hay un momento, normalmente entre las once de la noche y la una de la madrugada del segundo año, en el que el emprendedor que trabaja solo descubre algo incómodo: el problema más grande de su negocio no es el negocio. Es la calidad del silencio en la habitación.

Ese silencio no aparece en los libros de Y Combinator. No aparece en los hilos de LinkedIn donde alguien acaba de levantar una semilla. Aparece más tarde, cuando ya nadie te pregunta cómo va todo porque asumen que va bien, y tú no sabes a quién decirle que llevas tres semanas sin tomar una decisión sin segundas adivinaciones, sin la sensación de estar caminando sobre una cuerda que tú mismo tendiste y que tú mismo tienes que sostener desde los dos extremos a la vez.

Lo que dicen los datos antes de que digamos nada bonito

En 2015, el psiquiatra Michael Freeman, de la Universidad de California en San Francisco, publicó junto a un equipo de investigadores el primer estudio empírico serio sobre salud mental en fundadores de empresa. Comparó a 242 founders con un grupo de control y encontró algo que la cultura del emprendimiento se niega a citar en sus charlas TED: las tasas de depresión, ansiedad, ataques de pánico y abuso de sustancias eran significativamente mayores en los fundadores. La cifra que más circuló —cerca de la mitad reportando algún cuadro de salud mental— se interpretó como un escándalo. Es más útil leerla como un diagnóstico de la estructura.

El trabajo independiente concentra responsabilidad sin dispersar la carga. Cuando algo se quiebra, se quiebra en una sola cabeza. Cuando algo funciona, se celebra también en una sola cabeza, lo cual suena bien hasta que descubres que la celebración solitaria tiene una vida media de cuarenta segundos.

Roxane Gay lo dijo de otra manera, hablando de cualquier persona que intenta hacer una obra desde fuera de las instituciones: el modelo del héroe que se basta a sí mismo es una mentira útil para quienes no tienen que vivirla. Sirve como mito y mata como práctica. Jerry Colonna, que acompaña fundadores desde Reboot.io y escribió Reboot en Harper Business en 2019, lo formula con menos elegancia y más franqueza: "How have I been complicit in creating the conditions I say I don't want?". La pregunta no es retórica. Es la única pregunta que justifica trabajar solo.

Soledad no es lo mismo que aislamiento

Anthony Storr publicó en 1988 un libro que el mercado anglosajón leyó con incomodidad: Solitude: A Return to the Self. Su tesis era simple y herética para una cultura que había decidido que la salud mental se medía en cantidad de relaciones. Storr defendió que la soledad —la elegida, la habitada con propósito— era un recurso humano fundamental, no un síntoma. Que muchas obras importantes habían nacido en habitaciones cerradas con personas que sabían estar consigo mismas. Que la capacidad de tolerar la propia compañía era una forma de madurez, no una falla de carácter.

Henri Cartier-Bresson hablaba de la fotografía como una forma de caminar a solas con los ojos abiertos. Pablo Picasso pintaba con la puerta cerrada y consideraba la interrupción una agresión metafísica. Marie Curie pasó años en un laboratorio donde el aislamiento era condición técnica del descubrimiento. Ninguno estaba enfermo de soledad. Estaban usándola.

John Cacioppo, neurocientífico de la Universidad de Chicago, dedicó su carrera a separar dos cosas que el español junta en una sola palabra. En Loneliness, publicado con William Patrick en 2008, distinguió entre solitude —el estado elegido, productivo, regulado— y loneliness, la experiencia subjetiva de aislamiento doloroso, asociada a inflamación crónica, sueño fragmentado y deterioro cognitivo. La diferencia no es la cantidad de gente alrededor. Es la sensación de no tener a quién llamar a las once de la noche del segundo año.

El emprendedor solo tiene que aprender a vivir en la primera y a detectar cuando se está deslizando hacia la segunda. No es lo mismo cerrar la puerta para trabajar que despertarse un domingo y darse cuenta de que llevas seis días sin una conversación que no fuera transaccional.

Lo que Séneca le escribía a un amigo

Séneca le escribió a Lucilio durante años. Las Cartas a Lucilio no son tratados; son correspondencia. Y eso ya dice algo. La novena carta es una de las más leídas y la más malinterpretada. Séneca la dedica a defender que el sabio se basta a sí mismo, sí, pero matiza inmediatamente: se basta para vivir, no para vivir bien. Para vivir bien necesita amigos. Y define al amigo no como el que entretiene la prosperidad, sino como el que comparte el riesgo.

En la carta 35 le dice a Lucilio que aún no son amigos completos porque la amistad madura no se construye con afecto sino con tiempo y con prueba. En la 109 distingue entre quien busca utilidad y quien busca compañía intelectual: el primero, dice, busca un proveedor; el segundo, un interlocutor. El emprendedor solo casi siempre tiene proveedores. Pocas veces tiene interlocutores.

Marco Aurelio empieza sus Meditaciones con un ejercicio que casi nunca se cita: el primer libro entero es una lista de personas a quienes agradece haber sido lo que fue. Su abuelo Vero por el carácter. Su madre por la generosidad. Diogneto por enseñarle a no perder el tiempo en frivolidades. Junio Rústico por mostrarle que necesitaba corrección. Lo llama "los que me formaron". Es un ejercicio de inventario relacional, hecho por un hombre que era literalmente el más solo del Imperio, y que sin embargo entendió que no había llegado a ningún lado por su cuenta.

Hacer esa lista hoy, sin floritura, con nombres concretos, es una práctica más útil que cualquier diario de gratitud genérico. Quién te enseñó a leer un balance. Quién te dijo la verdad cuando no la querías oír. Quién contestó el teléfono el día que pensaste en cerrar. Esa lista es tu red real. Suele ser más corta de lo que crees y más sólida de lo que recuerdas.

Epicteto, que fue esclavo y luego maestro, fue brutal con la elección de compañía. Decía que uno termina pareciéndose a las personas con las que pasa tiempo, y que por eso elegirlas era una de las decisiones más serias de una vida. El emprendedor solo, que cree no tener compañía, en realidad la tiene: son los podcasts que oye, los hilos que lee, las cuentas que sigue. Esa también es una mesa, aunque sea silenciosa, y los que se sientan en ella te están formando.

El lobo solitario es un cliché caro

Brad Feld, fundador de Foundry Group y coautor con Matt Blumberg de Startup CEO, lleva años repitiendo una idea que la cultura del founder solo no quiere oír: la comunidad no es un lujo, es infraestructura. Los founders que sobreviven al primer ciclo no son los que trabajan más horas. Son los que tienen alguien con quien pensar en voz alta sin pagar la cuenta emocional de parecer débiles. A veces ese alguien es un mentor. A veces es un grupo de pares. A veces es un terapeuta. La forma importa menos que la función.

Colonna lleva esto un paso más allá. Su frase de cabecera —work on yourself first— no es autoayuda. Es una crítica directa a una cultura que confunde productividad con evasión. El founder que no sabe por qué está construyendo lo que construye termina, casi sin excepción, construyendo algo que no le sirve aunque funcione. Y trabajando solo es más fácil no darse cuenta, porque nadie cerca te va a hacer la pregunta incómoda.

Escala humana

Hay una tradición que pesa poco en los círculos de venture capital pero que tiene mucho que ofrecer al que trabaja solo. Wendell Berry, granjero y ensayista de Kentucky, lleva cincuenta años defendiendo lo que llama economía de escala humana: la idea de que un negocio cuyo tamaño excede la capacidad de su dueño para conocer su realidad concreta —los clientes, el oficio, las consecuencias— deja de ser un negocio para convertirse en una abstracción. Berry no escribe contra el emprendimiento. Escribe contra el emprendimiento que olvidó por qué empezó.

E. F. Schumacher hizo un argumento parecido en Small is Beautiful, publicado en 1973. Su tesis, que sonaba excéntrica entonces y suena profética ahora, era que la obsesión con la escala había convertido al trabajo en una forma de alienación incluso cuando el trabajador era el dueño. Que un negocio pequeño, bien hecho, sostenido por una persona que entiende lo que hace, era una forma legítima y subestimada de vida. Para el emprendedor solo, esto es menos consejo y más permiso. Permiso a no perseguir la escala que la cultura asume obligatoria. Permiso a hacer algo a tu tamaño.

Lo que queda cuando se apaga la pantalla

Hay una pregunta que aparece, casi siempre tarde, casi siempre sin previo aviso, y que nadie en el ecosistema te enseña a contestar. Si esto que estoy haciendo no funcionara mañana, ¿qué quedaría? La respuesta seria, sin la dramaturgia del fracaso ni el adorno del éxito, suele incluir muy pocas cosas. Personas con nombre. Una manera de mirar el día. Algunas cosas aprendidas que ya no se desaprenden. Casi nunca incluye la métrica que esta semana te quitó el sueño.

Eso no es derrotismo. Es memento mori aplicado a la pequeña muerte cotidiana del negocio que tiene buenas y malas semanas. Es lo que Séneca llamaba mirar la propia vida desde el final, no para entristecerse sino para ordenar. Marco Aurelio lo escribía para sí mismo en una tienda de campaña, mientras administraba un imperio que tampoco lo iba a sobrevivir. La diferencia entre quienes se rompen y quienes no, casi nunca está en lo que les pasa. Está en si tienen un lugar interno desde donde mirar lo que pasa.

El estoicismo no resuelve la soledad del emprendedor que arranca solo. Le da algo distinto: una manera de no confundir la soledad útil con el aislamiento que enferma, una lista de personas a las que reconocer, una conversación de dos mil años con gente que también intentó sostenerse desde adentro. No es un atajo. Es compañía, que es lo que hace falta cuando el silencio de la habitación a las once de la noche del segundo año empieza a hablar más fuerte que el negocio.


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