· Crisipo

Crisipo: el segundo fundador del estoicismo que casi nadie recuerda

Vida y aporte de Crisipo de Solos: lógica proposicional, teoría de las pasiones y compatibilismo. Fuentes: Diógenes Laercio, Bobzien, Long & Sedley.

17 Feb 2020 9 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Crisipo de Solos rodeado de pergaminos — el segundo fundador del estoicismo

En el catálogo de la filosofía antigua hay nombres que devoran toda la atención y nombres que sostienen, en silencio, el edificio entero. Crisipo de Solos pertenece a la segunda categoría. La frase que circulaba entre los académicos atenienses del siglo III a.C. y que Diógenes Laercio recoge en el libro VII de sus Vidas y opiniones de los filósofos ilustres resume mejor que cualquier biografía la magnitud del personaje:

"De no haber existido Crisipo, no habría Stoa."— Diógenes Laercio, Vidas, VII, 183

El estoicismo que llegó a Roma, que Cicerón discutió en latín, que Séneca convirtió en literatura moral y que Marco Aurelio practicó como disciplina interior, fue, en lo esencial, el sistema construido por Crisipo. Zenón de Citio fundó la escuela. Cleantes la conservó. Crisipo le dio arquitectura.

De los estadios de Solos a la Stoa Pecile

Las fechas que la tradición fija para Crisipo son aproximadamente 279-206 a.C. Nació en Solos, ciudad de Cilicia situada en la costa sureste de Asia Menor, en lo que hoy corresponde al sur de Turquía. Diógenes Laercio menciona, casi de pasada, un detalle que los historiadores modernos han disfrutado: antes de la filosofía, Crisipo fue corredor de fondo. La dolichos, la prueba larga del estadio griego, exigía resistencia más que velocidad. La metáfora se ofrece sola, y sin embargo conviene no convertirla en fábula: lo único cierto es que el joven cilicio cambió la pista por la academia en algún momento alrededor del 250 a.C., cuando se trasladó a Atenas y se inscribió como discípulo de Cleantes, segundo escolarca de la Stoa.

Cleantes, sucesor inmediato de Zenón, era piadoso, conservador y, según las fuentes antiguas, lento de ingenio. Crisipo era exactamente lo contrario: rápido, polemista, capaz de defender una tesis y, al día siguiente, refutarla con el mismo rigor. La anécdota que Diógenes conserva sobre los desplantes del alumno hacia el maestro probablemente esté retocada por la tradición, pero apunta a una verdad estructural: la escuela necesitaba una mente sistemática que articulara las intuiciones dispersas de Zenón, y esa mente no era la de Cleantes.

Cuando Cleantes murió hacia el 230 a.C., Crisipo asumió la dirección de la escuela como tercer escolarca. Tenía cerca de cincuenta años. A partir de ese momento se inicia una de las productividades más extraordinarias de la antigüedad.

Setecientas cinco obras perdidas

Diógenes Laercio atribuye a Crisipo la cifra de 705 obras. Conviene tomarla con prudencia bibliográfica: muchas eran probablemente tratados breves, monografías sobre cuestiones puntuales, polémicas contra autores específicos. Aun así, la magnitud es inverosímil para cualquier estándar antiguo. Y lo más doloroso para la historia de la filosofía es que ni una sola se conserva íntegra. Lo que tenemos son fragmentos: citas hostiles de Plutarco en De Stoicorum repugnantiis, referencias técnicas de Cicerón en De fato y De natura deorum, diagnósticos médicos de Galeno, refutaciones de Sexto Empírico, exposiciones críticas de los Padres de la Iglesia.

La reconstrucción moderna del pensamiento de Crisipo —tarea a la que han dedicado obras enteras Susanne Bobzien (Determinism and Freedom in Stoic Philosophy, Oxford 1998) y A.A. Long junto con David Sedley (The Hellenistic Philosophers, Cambridge 1987)— procede como una restauración arqueológica: a partir de los fragmentos hostiles y las paráfrasis indirectas se intenta inferir la arquitectura del original. Long y Sedley dedican páginas enteras a desmontar las distorsiones plutarquianas para extraer del polemista el pensamiento del polemizado.

Anthony Kenny, en su Ancient Philosophy, observa con justicia que la pérdida del corpus crisipeo es comparable a la pérdida del corpus aristotélico esotérico antes de Andrónico de Rodas, con la diferencia de que aquí no hubo Andrónico: lo que se perdió, se perdió.

Lógica proposicional: un descubrimiento adelantado dos mil años

El aporte técnicamente más asombroso de Crisipo pertenece a la lógica. Hasta él, la lógica griega era, en lo fundamental, la silogística aristotélica: razonamientos sobre términos —todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, luego Sócrates es mortal—. Crisipo construyó algo distinto: una lógica de proposiciones enteras conectadas por operadores. Es decir, lo que la matemática moderna llama lógica proposicional.

El núcleo del sistema está formado por los llamados cinco indemostrables (anapodeiktoi), esquemas inferenciales primitivos que, según Crisipo, no requieren demostración porque son evidentes por sí mismos y a partir de los cuales se derivan los demás argumentos válidos. En notación contemporánea pueden representarse así:

  1. Si A, entonces B; A; luego B. (Modus ponens.)
  2. Si A, entonces B; no B; luego no A. (Modus tollens.)
  3. No (A y B); A; luego no B.
  4. O A o B; A; luego no B.
  5. O A o B; no A; luego B.

El conjunto cubre lo esencial del cálculo proposicional moderno. Crisipo trabajó además sobre la condicional, distinguiendo distintos sentidos de "si A entonces B" en términos que prefiguran las discusiones contemporáneas sobre la implicación material y la implicación estricta. Cicerón, en De fato, transmite —sin entender del todo lo que tiene entre manos— fragmentos de esos análisis.

La ironía histórica es brutal. La lógica medieval latina, formada en la tradición aristotélica que llegó por Boecio, ignoró casi por completo la herencia estoica. Solo en el siglo XX, con los trabajos de Bertrand Russell, Alfred North Whitehead y, sobre todo, del lógico polaco Jan Łukasiewicz, la civilización europea redescubrió que las proposiciones, y no solo los términos, podían ser objeto de un cálculo formal. Łukasiewicz, en sus estudios sobre la historia de la lógica de las décadas de 1930 y 1950, fue quien llamó la atención de los lógicos profesionales sobre el hecho de que los estoicos habían anticipado, en el sentido fuerte de la palabra, la lógica proposicional moderna. Bobzien continúa esa línea con un rigor filológico mayor: su trabajo muestra que la teoría crisipea de la modalidad y de la condicional es mucho más sofisticada de lo que la tradición había supuesto.

El problema del destino: hado, asentimiento y responsabilidad

La filosofía estoica heredó de la física presocrática una tesis incómoda: todo lo que ocurre, ocurre por una cadena causal estricta. El cosmos es un continuo racional gobernado por el logos. Pero si todo está causalmente determinado, ¿qué espacio queda para la responsabilidad moral?

Crisipo dedicó parte considerable de su obra a este problema, que es el problema del compatibilismo. Cicerón, en De fato, conserva la imagen que el cilicio utilizaba para explicar su posición: un cilindro al que se le da un empujón rueda por la pendiente. El empujón es la causa externa; la forma cilíndrica es la causa interna. El cilindro rueda porque es cilindro. Sustituye el cilindro por un agente racional, el empujón por la impresión sensible (phantasia) y la forma propia por el carácter (hexis) del individuo, y tendrás la teoría crisipea del asentimiento.

La impresión llega de fuera, pero el asentimiento (synkatathesis) es interno. Aunque la cadena causal sea continua, la responsabilidad se localiza en el carácter del agente: un agente bien formado asiente a impresiones verdaderas y produce acciones virtuosas; un agente mal formado hace lo contrario. El destino y la responsabilidad coexisten porque el carácter forma parte del destino y, sin embargo, sigue siendo nuestro. Bobzien dedica el grueso de Determinism and Freedom a reconstruir esta posición y a mostrar que las objeciones académicas y peripatéticas no la desmontan.

Las pasiones como juicios fallidos

En ética, el aporte más duradero de Crisipo es la teoría de las pasiones (pathē). Frente a la psicología platónica, que dividía el alma en partes y atribuía las emociones intensas a una parte irracional rebelde contra la racional, Crisipo defendió un modelo unitario: el alma es una sola cosa y es enteramente racional. La pasión, por tanto, no puede ser un movimiento de una parte irracional. Es algo distinto: un juicio mal hecho, un iudicium equivocado sobre el valor de las cosas.

Cuando alguien se enfurece, no es porque una facultad inferior derrote a la razón. Es porque la razón misma ha emitido el juicio "esto que me ha ocurrido es una ofensa intolerable" y, a partir de ese juicio, se ha desencadenado el movimiento del alma. Si el juicio fuera distinto —si reconociera que la ofensa no es tal, o que no depende de mí, o que no merece la respuesta que estoy dando—, la pasión no aparecería.

La consecuencia terapéutica es enorme. Si las pasiones son juicios, la cura no es la represión, ni la catarsis, ni el vaciado meditativo de la mente: la cura es razonar mejor. Examinar los juicios, identificar los falsos, sustituirlos por verdaderos. Toda la tradición estoica posterior —Epicteto en sus Diatribas, Marco Aurelio en sus Meditaciones— trabaja sobre esta base crisipea.

El paralelo con la psicología cognitiva del siglo XX no es accidental ni anacrónico. Albert Ellis, fundador de la terapia racional emotiva conductual (TREC) en los años cincuenta, reconoció explícitamente en varios escritos su deuda con Epicteto y, a través de Epicteto, con la teoría estoica de las emociones. La fórmula clínica de Ellis —no son los acontecimientos los que nos perturban, sino las creencias que tenemos sobre los acontecimientos— es una reformulación, en lenguaje del siglo XX, de la tesis crisipea del iudicium.

El método: escribir contra uno mismo

De los hábitos intelectuales de Crisipo conservamos un dato precioso, conservado por Plutarco con intención hostil pero útil. El estoico solía escribir un tratado defendiendo una tesis y, acto seguido, otro refutándola. Plutarco lo presenta como prueba de incoherencia. Lo que muestra, en realidad, es un método dialéctico riguroso: para defender bien una posición hay que conocer sus mejores objeciones, y la única forma de conocerlas es formularlas en su versión más fuerte.

Cicerón, en otro pasaje, se queja de que Carnéades, escolarca de la Academia escéptica, dependía tanto de Crisipo para argumentar contra el estoicismo que circulaba la frase: "si no hubiera habido Crisipo, no habría Carnéades". La paradoja es exacta. El polemista construyó las refutaciones que sus rivales necesitaban, y aun así sus rivales no lograron derribar el sistema.

Muerte y posteridad

Crisipo murió en torno al 206 a.C., a una edad cercana a los setenta y tres años. Las fuentes antiguas conservan más de una versión sobre las circunstancias y todas tienen el sabor literario del tópico biográfico helenístico, por lo que conviene no convertir la muerte en alegoría. Lo verificable es la fecha aproximada y el dato de que el escolarcado pasó después a Zenón de Tarso.

El sistema sobrevivió a su autor cinco siglos. La Stoa media, con Panecio y Posidonio, lo adaptó al gusto romano. La Stoa imperial —Séneca, Musonio Rufo, Epicteto, Marco Aurelio— lo convirtió en literatura moral y en práctica política. Ninguno de ellos hubiera podido hacer lo que hizo sin la armadura conceptual que Crisipo dejó construida: una física continua, una lógica proposicional, una teoría de la acción compatibilista, una psicología cognitiva de las pasiones y una ética de la virtud articulada con todo lo anterior.


Que su nombre haya quedado en segundo plano frente al de un emperador filósofo o un cortesano elocuente dice más sobre la economía de la memoria cultural que sobre la jerarquía intelectual real. Las civilizaciones recuerdan mejor a quien escribe en primera persona desde el poder o desde el cautiverio que a quien construye, en silencio, la gramática que los demás van a hablar. Pero la gramática estaba ahí, y todavía está, dispersa en los fragmentos que Bobzien, Long, Sedley y unos cuantos más han dedicado su vida a recomponer.


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