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El concepto griego de áskēsis (ejercicio espiritual). Hadot, Foucault, Kegan, Senge: la idea antigua y moderna del cultivo integral de uno mismo.

19 Oct 2020 9 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Marco Aurelio ascendiendo escalones de piedra — áskēsis y ejercicio integral del estoico
Summary: <p>Trabajar sobre uno mismo no es una metáfora moderna. Para los antiguos era una práctica con nombre técnico: áskēsis. Recorremos cómo Pierre Hadot, Michel Foucault, Aristóteles y la Stoa entendieron el ejercicio integral del alma, y por qué los sistemas modernos de auto-mejora suelen quedarse a medio camino.</p>

La palabra griega áskēsis no significaba originalmente lo que hoy entendemos por ascetismo. No remitía a la renuncia ni a la mortificación, sino a algo mucho más cercano al vocabulario del atletismo y del oficio: ejercicio, entrenamiento, práctica regular. El gimnasta hacía áskēsis con su cuerpo. El alfarero, con sus manos. El filósofo, con su alma entera. La pregunta que organizó buena parte de la filosofía antigua —y que Pierre Hadot recuperó para los lectores contemporáneos— era exactamente esa: ¿qué tipo de ejercicio puede transformar a quien lo practica, no en una habilidad concreta, sino en su forma misma de habitar el mundo?

Hadot y la filosofía como forma de vida

En Ejercicios espirituales y filosofía antigua, publicado en francés en 1981 y traducido al español por Siruela, Pierre Hadot defiende una tesis incómoda para la academia moderna. La filosofía antigua, sostiene, no era principalmente una teoría: era una manera de vivir. Los textos que leemos —Epicteto, Marco Aurelio, Séneca— son en su mayoría apuntes de prácticas, instrucciones para un trabajo cotidiano sobre uno mismo. Lo que Hadot llama ejercicios espirituales abarcaba la meditación, la atención al presente, el examen de conciencia, la lectura activa, la rememoración de principios y la preparación frente a la adversidad y la muerte.

El gesto de Hadot consiste en devolverle al verbo ejercitarse su densidad antigua. No se trata de "aplicar" una doctrina previamente entendida, sino de practicar hasta que el alma cambie de forma. La distinción importa porque vuelve absurda la pregunta común "¿de qué me sirve la filosofía?": en el sentido antiguo, la filosofía no servía para algo externo, era ya en sí misma el ejercicio que producía la persona que uno quería llegar a ser.

Foucault y la epimeleia heautou

Casi en paralelo, Michel Foucault dedicó sus últimos cursos del Collège de France a un concepto vecino: la epimeleia heautou, el cuidado de sí. En la Hermenéutica del sujeto, curso de 1981-82, y más tarde en el ensayo Tecnologías del yo (1988), Foucault describe una larga tradición —de Sócrates a los estoicos imperiales, y de ahí a las primeras prácticas monásticas— en la que cuidar de uno mismo era el deber primero, anterior incluso al célebre "conócete a ti mismo".

Foucault llama a esas prácticas tecnologías del yo: técnicas que permiten a los individuos efectuar, por sí mismos o con ayuda de otros, operaciones sobre su cuerpo, sus pensamientos y su conducta para transformarse y alcanzar cierto estado de sabiduría, perfección o felicidad. La elección del término tecnología es deliberada: no hay nada vago ni puramente interior en este trabajo. Hay procedimientos, hay regularidad, hay cuadernos donde se anota lo que se ha hecho y lo que se ha dejado de hacer.

Aristóteles: la actividad continua

Antes de los estoicos, Aristóteles había planteado una pieza decisiva. En la Ética a Nicómaco define la eudaimonía —ese término que se traduce torpemente como "felicidad"— no como un estado sino como una actividad del alma según virtud, a lo largo de una vida completa. La precisión es radical: la vida buena no es un punto al que se llega, es un movimiento sostenido. Una golondrina no hace verano, dice; tampoco lo hace un día bueno. La virtud es héxis, una disposición estable forjada por repetición, lo que hoy llamaríamos hábito en sentido fuerte.

De ahí surge una idea que cruza luego toda la tradición estoica: el ser humano no es lo que hace una vez, sino lo que hace habitualmente. El proyecto de uno mismo, en términos aristotélicos, es la construcción paciente de esas disposiciones a través de la práctica.

La Stoa y la triple división

Diógenes Laercio, en sus Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, registra que los estoicos dividieron su filosofía en tres partes: lógica, física y ética. No eran disciplinas en el sentido universitario actual, sino áreas de ejercicio. Crisipo, según el mismo testimonio, comparaba la filosofía con un huerto: la lógica es la valla que lo protege, la física es el suelo y los árboles, la ética es el fruto. Sin valla no hay huerto; sin suelo no hay fruto; sin fruto no hay sentido. Las tres se necesitan, y cada una se cultiva mediante prácticas específicas.

Este detalle es fundamental para entender el problema moderno. La Stoa pensaba el trabajo sobre uno mismo como una arquitectura de áreas interdependientes, no como una colección de hábitos sueltos. La disciplina del pensamiento alimentaba la disciplina de la conducta, que descansaba a su vez sobre una determinada manera de mirar el cosmos. Cortar una de las tres dejaba a las otras sin sostén.

Las tres disciplinas según Hadot

Hadot, leyendo cuidadosamente a Epicteto y a Marco Aurelio, propuso una reformulación práctica de esa arquitectura en tres disciplinas:

  • Disciplina del deseo. Educar lo que uno desea y lo que uno teme, distinguiendo lo que depende de uno de lo que no depende. Es el terreno donde el estoico aprende a no ser arrastrado por las pasiones.
  • Disciplina de la acción. Actuar con justicia y con vistas al bien común, asumiendo el papel social que a uno le toca con cuidado y con reserva. Es el terreno de la ética en sentido estricto.
  • Disciplina del juicio. Examinar las representaciones que llegan a la mente, separar el hecho desnudo de la interpretación añadida, sostener el asentimiento solo donde la evidencia lo permite. Es el terreno de la lógica vivida.

Las tres se entrenan a la vez. La fragmentación —ejercitar una sin las otras— produce, según Hadot, caricaturas: el rigorista frío sin disciplina del deseo, el indignado moral sin disciplina del juicio, el lógico impecable sin disciplina de la acción.

Marco Aurelio y la lista del libro I

El testimonio personal más conmovedor de esta arquitectura está en el primer libro de las Meditaciones. Marco Aurelio enumera, uno por uno, a las personas que le enseñaron algo: de su abuelo, las buenas costumbres; de su madre, la piedad y el desapego del lujo; de tal maestro, la tolerancia frente a las opiniones contrarias; de tal otro, la firmeza ante el dolor; de su padre adoptivo, la mesura en el ejercicio del poder. La lista funciona como un mapa de áreas de cultivo: filosofía, gobierno, virtudes, hábitos cotidianos, lectura, trato con los iguales y con los inferiores, relación con la propia salud y con la muerte.

Lo que llama la atención es la integralidad del ejercicio. Marco Aurelio no separa el emperador del filósofo, ni al filósofo del esposo, ni al esposo del enfermo que se prepara para morir. Todas esas dimensiones forman un único proyecto.

Plutarco y la cuestión del progreso

Una pregunta práctica recorre toda esta tradición: ¿cómo sabe uno si está avanzando? Plutarco le dedicó un tratado entero, Sobre el progreso en la virtud. Su respuesta es deliberadamente modesta. No hay una métrica única ni un termómetro del alma. Hay, eso sí, signos: una mayor calma frente a lo que antes alteraba, menos espacio para la envidia, una distancia creciente entre el estímulo y la reacción, la disminución del tiempo que se dedica a temas vanos, la consistencia entre lo que uno dice y lo que hace cuando nadie observa. El progreso es indirecto y solo se reconoce mirando atrás.

Investigación moderna: integración del adulto

Saltando dos milenios, la psicología del desarrollo adulto retoma intuiciones similares por su cuenta. Robert Kegan, en In Over Our Heads (Harvard University Press, 1994), describe cómo la vida moderna exige a los adultos órdenes de complejidad mental que no se construyen de manera espontánea. Para Kegan, el desarrollo no consiste en adquirir más información, sino en transformar la estructura desde la que uno ordena la experiencia. Esa transformación tampoco es lineal ni indolora, y rara vez ocurre sin prácticas deliberadas.

Joe Dispenza, desde un registro mucho más ejecutivo, llega a una conclusión cercana en Becoming Supernatural (2017): el cambio sostenido requiere combinar trabajo cognitivo, atención corporal y una práctica meditativa diaria que reorganice los patrones automáticos. Más allá de las controversias sobre algunas de sus afirmaciones, su énfasis en la integración de mente y cuerpo en una práctica regular dialoga con la tradición que Hadot reconstruyó.

En el plano organizacional, Peter Senge propuso en La quinta disciplina un paralelo útil: una organización que aprende no es la que aplica una técnica, sino la que cultiva cinco disciplinas a la vez —dominio personal, modelos mentales, visión compartida, aprendizaje en equipo y pensamiento sistémico—, y cuyo verdadero salto cualitativo aparece justo cuando esas cinco se integran. La estructura del argumento es la misma de Crisipo: el huerto solo existe cuando la valla, el suelo y el fruto coexisten.

La fragmentación moderna

El contraste con la condición contemporánea es nítido. Hoy cada dimensión de la vida tiene su aplicación: una para el sueño, otra para las finanzas, otra para la meditación, otra para el ejercicio físico, otra para los hábitos, otra para la lectura. Cada una mide algo y propone una práctica. Lo que casi nunca aparece es el integrador: la instancia que articule todas esas áreas en un único proyecto coherente, que reconozca que el sueño impacta el juicio, que el juicio modula el deseo, que el deseo dirige las finanzas y que las finanzas, mal manejadas, vuelven imposible la calma sin la cual el resto se desmorona.

La filosofía antigua no resolvió ese problema mejor que nosotros, pero al menos lo planteó con claridad. Trabajar sobre uno mismo no era encadenar prácticas inconexas, sino sostener un único ejercicio cuya unidad la garantizaba la persona que lo realizaba. Esa unidad —y no la cantidad de herramientas— era el contenido mismo de la palabra áskēsis.

Qué queda del proyecto

Recuperar la noción antigua no exige volverse estoico militante ni añadir un curso más a una agenda saturada. Exige una pregunta previa, casi de arquitectura: ¿en qué áreas se está jugando, hoy, mi vida, y cuál es la práctica concreta y sostenida que cultiva cada una? Si la respuesta es vaga, la filosofía no llegará a hacer su trabajo. Si la respuesta es precisa pero las áreas están desconectadas, el efecto será el de una colección de habilidades sin sujeto. La áskēsis, tal como la pensaron Hadot y Foucault, exige las dos cosas: claridad sobre las áreas y conciencia de su unidad.

De ahí viene, quizá, la actualidad incómoda de un texto de hace dos mil años. No por la nostalgia de un mundo perdido, sino porque planteó con honestidad lo que las tecnologías del yo contemporáneas tienden a esquivar: que cualquier proyecto serio de transformación personal es, antes que nada, un trabajo integral, lento y suyo.


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