· Estoicismo romano

Estoicismo romano: del salón imperial a la celda

Historia del estoicismo romano: Panecio, Posidonio, Cicerón, Catón, Trasea Peto, Musonio Rufo, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio.

20 Apr 2020 27 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Séneca caminando por los corredores del senado — estoicismo romano

Hablar de "estoicismo romano" como si fuera una unidad es, en buena medida, una conveniencia historiográfica. Lo que cubre esa etiqueta es un arco de cerca de cuatrocientos años durante los cuales una filosofía nacida en la Atenas helenística cruzó el Adriático, fue absorbida por las élites letradas de la República, sirvió de marco moral a la oposición senatorial bajo los Julio-Claudios, encontró su voz literaria en Séneca, su forma escolar en Epicteto y su formulación más íntima en los cuadernos privados de Marco Aurelio. Cuando hacia el siglo III d.C. el estoicismo deja de existir como escuela autónoma, sus categorías ya están en circulación entre apologetas cristianos, retóricos paganos y juristas imperiales.

Reconstruir ese arco exige distinguir tres cosas que se confunden con frecuencia. Primero, la doctrina técnica del Pórtico antiguo, asociada a Zenón de Citio, Cleantes y, sobre todo, a Crisipo, que fue la base sobre la que trabajaron los filósofos posteriores. Segundo, el llamado estoicismo medio, una etapa de revisión y apertura iniciada por Panecio de Rodas y continuada por Posidonio de Apamea, en la que la doctrina se hace permeable a la cultura aristocrática romana y dialoga con Platón y Aristóteles. Tercero, el estoicismo imperial, que es el que la posteridad identifica con la palabra: el de Musonio Rufo, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. A estas tres etapas hay que añadir una cuarta dimensión, la del estoicismo difuso, que pasa al derecho romano, a la jurisprudencia, al lenguaje moral del Senado y, ya en la tardoantigüedad, a la teología cristiana.

El propósito de este artículo es trazar ese arco completo y devolver a las figuras intermedias, a menudo eclipsadas por la fama de Séneca o de las Meditaciones, el lugar histórico que les corresponde. Porque sin Panecio no se entiende a Cicerón; sin Cicerón, no se entiende cómo el latín pudo expresar conceptos como kathekon u oikeiosis; sin Catón el Joven y sin la oposición senatorial de los primeros emperadores, no se entiende por qué Tácito describe la práctica filosófica como una postura política; y sin Musonio no se entiende a Epicteto.

Llegada del estoicismo a Roma: la embajada de los filósofos y el círculo de los Escipiones

La fecha convencional para la entrada del estoicismo en Roma es el año 155 a.C., cuando Atenas envió una embajada a la ciudad para negociar la condonación de una multa. La encabezaban tres filósofos: el académico Carnéades, el peripatético Critolao y el estoico Diógenes de Babilonia, escolarca del Pórtico. Las conferencias que dieron en Roma causaron tal impresión —y tal alarma en los círculos conservadores, encabezados por Catón el Censor— que el Senado los despidió cuanto antes. El episodio, narrado por Aulo Gelio y por Plutarco, suele leerse como anecdótico, pero condensa una tensión que se prolongará durante un siglo: la sospecha romana hacia la filosofía griega como cultura ajena, y al mismo tiempo el atractivo irresistible de su técnica argumentativa para quienes aspiraban a la cima política y judicial.

El receptor decisivo del estoicismo en la Roma republicana no fue, sin embargo, ese choque inicial, sino la figura de Panecio de Rodas (c. 185–110 a.C.). Panecio fue discípulo del estoico Antípatro de Tarso en Atenas y, hacia mediados del siglo II a.C., se incorporó al llamado círculo de los Escipiones, agrupado en torno a Publio Cornelio Escipión Emiliano, vencedor de Cartago en la tercera guerra púnica. Ese círculo —en el que se movían también el historiador Polibio, el comediógrafo Terencio y el jurista Quinto Mucio Escévola— funcionó como una academia informal en la que la filosofía griega se medía con las exigencias de la práctica romana: el mando militar, la administración provincial, la deliberación senatorial.

Panecio escribió un tratado Sobre el deber (Perí toû kathékontos) que no se ha conservado, pero cuya estructura conocemos bien porque Cicerón la siguió de cerca en los dos primeros libros del De officiis. La revisión paneciana del estoicismo antiguo es notoria en varios puntos. En primer lugar, suaviza el rigor del paradigma del sabio: donde Crisipo había sostenido que la virtud es indivisible y que entre el sabio y el necio no hay grados, Panecio admite la utilidad de hablar de progredientes, los que avanzan, y de elaborar una ética para hombres que no son sabios pero aspiran a obrar correctamente. En segundo lugar, integra elementos de la psicología platónica y aristotélica: acepta una distinción funcional entre racional e irracional en el alma que Crisipo había rechazado en favor de un monismo psicológico estricto. En tercer lugar, da peso a la noción de persona, a las funciones sociales que cada cual desempeña por naturaleza, por carácter y por circunstancia, una idea decisiva para la ética romana del cargo y del rol.

Panecio, en suma, hizo posible que el estoicismo se vistiera con toga. Tradujo la doctrina a un código apto para una aristocracia que tenía obligaciones públicas y que necesitaba saber, en términos prácticos, cómo se gobierna una provincia, cómo se administra una herencia, cómo se trata a un cliente, cómo se compite por una magistratura sin perder la integridad. Christopher Gill, en The Structured Self in Hellenistic and Roman Thought, ha mostrado cómo esa preocupación por la persona en Panecio prepara una concepción del yo entendido como tejido de relaciones y deberes, lejos del individualismo cartesiano con que después se ha leído a los estoicos.

Posidonio de Apamea: el polígrafo y el puente con Cicerón y Pompeyo

El sucesor más influyente de Panecio fue Posidonio de Apamea (c. 135–51 a.C.), nacido en Siria y formado en Atenas con Panecio mismo. Tras viajar por el Mediterráneo occidental —llegó hasta las costas de la actual España y de la Galia, observó las mareas atlánticas, estudió las minas de plata de Cartagena—, se estableció en Rodas, donde abrió escuela. Allí lo visitaron, en momentos distintos, Cicerón y Pompeyo. La anécdota, transmitida por Cicerón y por Plinio el Viejo, de Pompeyo arribando a Rodas y haciéndose conducir a la casa del filósofo, que en ese momento sufría un ataque agudo de gota, pertenece a la mitología del estoicismo: Posidonio dictó la lección desde la cama, repitiendo entre dolores el dogma de que el dolor no es un mal.

Posidonio fue, ante todo, un polígrafo. Escribió sobre física, astronomía, geografía, historia, etnografía, meteorología, sismología y matemáticas, además de ética y lógica. Su Historia, en cincuenta y dos libros, continuaba la de Polibio y narraba los acontecimientos del Mediterráneo entre 146 y 86 a.C. Su tratado astronómico calculaba la circunferencia de la Tierra con un método que, transmitido por intermediarios, llegaría hasta Eratóstenes y mucho después hasta los geógrafos del Renacimiento. Esa amplitud lo convirtió en el último gran sistema estoico: un intento de reabrir el diálogo entre física, lógica y ética que Crisipo había unificado y que, a juicio de Posidonio, no se sostenía sin un fundamento cosmológico fuerte.

En psicología moral, Posidonio se separa de Crisipo en un punto crucial. Donde Crisipo había sostenido que las pasiones son juicios falsos del alma racional —y por tanto erradicables mediante corrección racional—, Posidonio defiende que existen movimientos afectivos previos al juicio, una dimensión irracional del alma que conviene reconocer y educar, no solo refutar. Galeno, dos siglos después, recoge esa polémica en su tratado Sobre las doctrinas de Hipócrates y Platón y se sitúa explícitamente del lado de Posidonio. Esa concesión a la psicología tripartita platónica influyó hondamente en la lectura romana de las pasiones, perceptible ya en el Tusculanas disputaciones de Cicerón.

De Posidonio nos queda muy poco directamente. Lo conocemos sobre todo a través de citas en Cicerón, Estrabón, Séneca, Diógenes Laercio y Galeno. La reconstrucción crítica más completa, la edición de Edelstein y Kidd, reúne los fragmentos y permite seguir la huella de su pensamiento. Para nuestro propósito basta retener una cosa: Posidonio fue el último maestro vivo de la generación romana que iba a articular el estoicismo en latín. Cuando Cicerón escribe en el 45 a.C., con Posidonio recién fallecido, todavía dialoga mentalmente con ese maestro de Rodas.

Cicerón: divulgador, traductor, mediador

Marco Tulio Cicerón (106–43 a.C.) no fue, en sentido estricto, estoico. Profesaba una posición académica —siguiendo a Filón de Larisa y a Antíoco de Ascalón— que lo inclinaba al probabilismo y a la suspensión del juicio dogmático. Pero precisamente esa distancia metodológica lo convirtió en el divulgador más eficaz que el estoicismo tuvo en lengua latina. Cicerón discutía la doctrina estoica desde fuera, la confrontaba con la epicúrea y la peripatética, la traducía y la sometía al examen del foro y del Senado. En el proceso forjó el vocabulario filosófico latino: palabras como conscientia, persona, officium, honestum, moderatio, providentia, essentia, llegaron a la posteridad con la huella de su pluma.

Cuatro de sus tratados son indispensables para entender la presencia del estoicismo en Roma. De finibus bonorum et malorum, escrito en el 45 a.C., examina las distintas doctrinas helenísticas sobre el bien supremo y dedica el libro tercero a una exposición ordenada del estoicismo, puesta en boca de Catón el Joven. Es, junto con los resúmenes de Diógenes Laercio y Estobeo, una de las exposiciones sistemáticas más completas del estoicismo medio que han sobrevivido. Las Tusculanae disputationes, también del 45, abordan en cinco libros temas como el miedo a la muerte, el dolor, las pasiones y la suficiencia de la virtud para la felicidad: aquí Cicerón se acerca con frecuencia a la posición estoica, aunque mantiene su reserva académica. Los Paradoxa Stoicorum exponen las seis tesis paradójicas más conocidas del Pórtico —"solo el sabio es libre", "todos los pecados son iguales", "solo lo bello es bueno"— y muestran que esas formulaciones, lejos de ser caprichos retóricos, encierran una lógica argumentativa precisa.

El cuarto y más influyente es el De officiis, escrito en el 44 a.C. para su hijo Marco. Cicerón sigue a Panecio en los dos primeros libros y completa por su cuenta el tercero, dedicado a los conflictos entre lo honesto y lo útil. Es el manual de ética romana por excelencia: leído en las escuelas latinas durante toda la Edad Media, citado por Ambrosio de Milán como modelo cristiano, redescubierto en el Renacimiento por Petrarca, impreso por Gutenberg en 1465 entre los primeros libros de la imprenta. La definición del officium, del deber considerado en función del rol social, llegó al pensamiento jurídico y político europeo a través de este texto. Cuando un humanista del siglo XV o un magistrado del siglo XVII hablaba de "deberes del cargo", lo hacía bajo la sombra de Panecio mediado por Cicerón.

Hay que añadir a esa lista las cartas, las obras políticas como De re publica y De legibus, donde la noción estoica de ley natural —recta ratio conforme a la naturaleza— recibe una formulación que, vía juristas como Ulpiano y Gayo, atravesará el derecho romano y, a través del Corpus iuris civilis justinianeo, alcanzará la tradición europea. La famosa frase del libro III del De re publica, transmitida por Lactancio, según la cual existe una ley verdadera, conforme a la naturaleza, eterna e inmutable, idéntica para todos los pueblos, es un compendio de la doctrina estoica de la lex naturalis y uno de los enunciados más citados de la filosofía política antigua.

Catón el Joven: el primer mártir político de la filosofía

Marco Porcio Catón Uticense (95–46 a.C.), bisnieto de Catón el Censor, fue durante décadas el referente moral de la oposición senatorial a César. Tribuno de la plebe, pretor, candidato fallido al consulado, mando militar en la guerra civil, terminó suicidándose en Útica al conocer la derrota de Tapso, el 12 de abril del 46 a.C. Plutarco le dedicó una de sus Vidas paralelas, emparejándolo con Foción de Atenas, y la narración del suicidio —el filósofo lee dos veces el Fedón de Platón antes de cumplir la decisión, conversa con sus amigos, intenta morir limpiamente y termina arrancándose las vendas que el médico le había puesto— se convirtió en una pieza canónica del imaginario estoico romano.

Importa subrayar lo que Catón representa históricamente. No era un filósofo profesional ni dejó obra escrita, pero practicó la doctrina estoica con una literalidad que sus contemporáneos consideraban excesiva. Vestía sin lujo, viajaba a pie cuando podía, comía en silencio, rechazaba honores que estimaba inmerecidos, asumía siempre la posición que consideraba justa por encima de la conveniencia. Cicerón, que lo admiraba y lo trató en vida, escribió sobre él con afecto y con una pizca de ironía: lo definía como un hombre que se comportaba como si viviera en la politeia de Platón y no en el cieno de la Roma de Rómulo. Esa observación, lejos de ser desdeñosa, marca el sentido histórico de Catón: introducir la práctica filosófica como criterio de la conducta política, aun a costa de la eficacia.

El suicidio en Útica transformó a Catón en figura emblemática y abrió, de hecho, un nuevo género en la literatura latina: la "muerte estoica" como pieza moral y política. César replicó al impacto del gesto con un opúsculo titulado Anticato, hoy perdido. Cicerón escribió un elogio, también perdido. Bruto otro. Décadas después, Lucano cantaría a Catón en la Farsalia con el verso famoso "victrix causa diis placuit, sed victa Catoni" —la causa victoriosa agradó a los dioses, pero la vencida, a Catón—. Séneca lo citará en sus diálogos como ejemplo de constancia, junto con Sócrates. Marco Aurelio lo recordará en sus Meditaciones. La iconografía republicana de Catón, suicida en Útica con el Fedón en la mano, atravesará el Renacimiento y la Revolución Francesa y todavía Joseph Addison la pondrá en escena en su tragedia Cato (1713), pieza favorita de los líderes de la independencia norteamericana.

La oposición senatorial bajo los Julio-Claudios y los Flavios

Entre la muerte de Catón y la figura de Séneca media casi un siglo. Durante ese intervalo el régimen republicano cae, Augusto consolida el principado y, hacia mediados del siglo I d.C., bajo Calígula, Claudio y, sobre todo, Nerón, surge dentro del Senado una corriente de magistrados que conjuga lealtad republicana, severidad de costumbres y referencia explícita al estoicismo. Tácito, en sus Annales, y Casio Dión, en su Historia romana, han fijado los nombres y los episodios.

El más conocido es Publio Clodio Trasea Peto, cónsul sufecto en el 56 d.C. y senador de prestigio bajo Nerón. Trasea cultivaba abiertamente la filosofía estoica, escribió una biografía de Catón el Joven —que Plutarco utilizó— y mantuvo una práctica deliberativa de discreta resistencia: salía del Senado cuando se sometían a votación condenas que consideraba injustas, se ausentaba de los homenajes serviles al emperador, no asistía a la lectura de las cartas neronianas que justificaron el matricidio de Agripina. Tácito, que escribe medio siglo después, le dedica páginas memorables. En el 66 d.C. Nerón lo hizo procesar bajo cargos formales que Tácito presenta como pretextos. Trasea, condenado a muerte, se abrió las venas en presencia de su yerno Helvidio Prisco y del filósofo Demetrio el Cínico, con quien conversaba sobre la inmortalidad del alma mientras la sangre le abandonaba. La escena —deliberadamente construida por Tácito como eco del suicidio de Catón y, a su vez, del de Sócrates— sella el ingreso del estoicismo en la narrativa imperial como filosofía de oposición.

Helvidio Prisco, yerno de Trasea, prolongó la línea bajo los Flavios. Pretor en el 70 d.C., tuvo bajo Vespasiano un enfrentamiento célebre que Epicteto recoge en una de sus Disertaciones: el emperador le ordenó no acudir al Senado, y Helvidio respondió que estaba en su poder destituirlo de la condición de senador, pero que mientras lo fuese tendría la obligación de asistir; el emperador le ordenó entonces que asistiera pero callase, y Helvidio respondió que no le pidiera opinión y entonces callaría. Vespasiano, cuenta Epicteto, replicó que si hablaba lo mataría, y Helvidio dijo que cuándo había prometido él ser inmortal: "tú harás lo tuyo y yo lo mío; tú matarme, yo morir sin temblar". Vespasiano lo desterró y, poco después, lo hizo ejecutar. La anécdota, glosada por Epicteto como ejemplo de comportamiento conforme al carácter, fija una imagen del estoico en función pública: cumplir el deber del cargo aunque cueste la vida, sin teatralidad y sin transacción.

A esta tradición se sumaron, con desenlaces variados, figuras como Pacuvio Aterio Antonino, Aruleno Rústico —ejecutado por Domiciano en el 93 d.C. por haber escrito un elogio de Trasea—, Herennio Senecio o Junio Maurico. La represión de Domiciano, que culminó hacia el 93–95 con la expulsión de los filósofos de Roma e Italia, está documentada por Suetonio, Tácito en el Agrícola y Plinio el Joven en sus cartas. Para los historiadores antiguos, esa secuencia de procesos definió el perfil del filósofo bajo el principado: hombre de toga capaz de afrontar la muerte por una decisión racional, no por exaltación. El propio Tácito, en el Agrícola, advierte sin embargo contra una lectura demasiado heroica: recuerda que la sabiduría no consiste en ostentar la oposición sino en encontrar la medida justa entre el silencio cómplice y el martirio inútil.

Musonio Rufo: el maestro romano

Un nombre crucial de esta generación es Cayo Musonio Rufo (c. 30–101 d.C.), originario de Volsinios, en Etruria. Caballero romano de familia adinerada, Musonio se dedicó a la enseñanza filosófica desde joven y se convirtió en el maestro estoico más respetado de su tiempo. Nerón lo desterró a la isla de Giaros en el 65 d.C., en el marco de la represión que siguió a la conjuración de Pisón. Vespasiano, que en términos generales expulsó a los filósofos de Roma, hizo una excepción con él. Domiciano lo desterró de nuevo. Murió ya en tiempos de Trajano.

Musonio no escribió: enseñaba en griego mediante diatribas que sus discípulos transcribían. Conservamos veintiún discursos completos y una serie de fragmentos breves recopilados por Estobeo en el siglo V. La traducción inglesa estándar es la de Cora Lutz (1947), reeditada con comentario por Cynthia King. El contenido es austero y eminentemente práctico: cómo vestirse, cómo comer, cómo ejercitar el cuerpo, cómo casarse, cómo educar a los hijos, en qué condiciones obedecer al padre, en qué condiciones desobedecerle, qué hacer ante el destierro. Musonio insistió en que el ejercicio (askesis) es indispensable: la doctrina sin práctica corporal es estéril.

Dos de sus discursos merecen mención especial. El tercero, titulado en la tradición "Que las mujeres también deben estudiar filosofía", argumenta que las mujeres han recibido de los dioses la misma razón que los hombres y la misma capacidad para distinguir el bien del mal, y que, en consecuencia, deben ser educadas en filosofía. El discurso cuarto, complementario, "Si las hijas deben recibir la misma educación que los hijos", sostiene que sí, sin diferencia. La radicalidad del argumento —en una sociedad jerarquizada por género, edad y condición jurídica— ha llevado a algunos historiadores a calificar a Musonio como el "Sócrates romano". Otros discursos, sobre la sexualidad dentro y fuera del matrimonio, sobre el rechazo del aborto, sobre el deber de criar a todos los hijos sin exponerlos, sitúan a Musonio entre las voces antiguas más conservadoras en algunos aspectos y, simultáneamente, más igualitarias en otros, una combinación que conviene examinar con cuidado historiográfico antes de cualquier proyección anacrónica.

El alumno más célebre de Musonio fue Epicteto. Otros incluyen a Eufrates de Tiro, a quien Plinio el Joven retrata en una de sus cartas, y a Dión de Prusa, llamado Crisóstomo, que tras un periodo cínico volvió a un estoicismo moderado. La escuela de Musonio, sin sede fija, fue durante una generación el corazón vivo de la enseñanza estoica en lengua griega dentro del Imperio.

Séneca: la prosa filosófica en latín

Lucio Anneo Séneca (c. 4 a.C.–65 d.C.) nació en Córdoba, hijo del rétor Séneca el Viejo. Educado en Roma, ascendió por la carrera senatorial, fue desterrado por Claudio a Córcega en el 41 d.C. acusado de adulterio con Julia Livila, regresó en el 49 como tutor del joven Nerón, llegó al consulado y compartió de hecho el gobierno del Imperio en los primeros años del reinado neroniano junto con el prefecto del pretorio Sexto Afranio Burro. La distancia con Nerón se fue haciendo insostenible: Séneca se retiró progresivamente, y en el 65, acusado de complicidad en la conjuración de Pisón, recibió la orden de suicidarse. Tácito narra la muerte en términos que evocan deliberadamente la de Sócrates en el Fedón.

La obra de Séneca, escrita en latín, abarca diálogos morales (De ira, De clementia, De brevitate vitae, De vita beata, De providentia, De tranquillitate animi, De otio), tratados extensos como las Naturales quaestiones, las Epistulae morales ad Lucilium en ciento veinticuatro cartas conservadas, varias tragedias y un epigrama satírico contra Claudio, la Apocolocyntosis. Es, con diferencia, el corpus latino más amplio de un filósofo profeso que ha sobrevivido. Su influencia posterior, desde los Padres latinos hasta Montaigne, Lipsio y los moralistas franceses del siglo XVII, es difícil de exagerar.

Conviene marcar dos rasgos. Primero, el estatuto literario de la prosa senequista. Séneca escribe con sentencias breves, antítesis, paralelismos, una retórica de la concisión que rompe con el periodo ciceroniano y que Quintiliano y los gramáticos de su tiempo juzgaron por momentos amanerada. Esa misma factura es la que lo hizo legible a la Edad Media latina y al humanismo. Las Epistulae a Lucilio, en particular, constituyen el género que Erasmo o Lipsio llamarán protrepticus, literatura de exhortación filosófica dirigida a un destinatario concreto y, por extensión, al lector.

Segundo, la cuestión, debatida desde la Antigüedad, de la coherencia entre la doctrina y la vida. Séneca predicaba la indiferencia hacia la riqueza y acumuló una de las mayores fortunas del Imperio; criticaba la adulación y elogió a Nerón en el De clementia; defendía la libertad interior y participó en el aparato del principado. Tácito recoge sin disimulo las acusaciones de hipocresía que ya en vida circulaban. La respuesta del propio Séneca, en el De vita beata, distingue entre lo que el filósofo posee y lo que de él poseen las cosas: el sabio puede tener riquezas, dice, mientras no le tengan a él. La crítica moderna —desde Miriam Griffin hasta Brad Inwood— ha mostrado que la prosa filosófica senequista no es la confesión de un ideal alcanzado, sino el ejercicio constante de un hombre que reconoce no ser sabio y trabaja en la dirección de la sabiduría. Esa modestia metódica, en el sistema estoico que distingue al sabio del proficiens, no es contradicción sino programa.

Epicteto: la diatriba y el manual

Epicteto nació esclavo en Hierápolis de Frigia hacia el 50 d.C. y llegó a Roma en la casa de Epafrodito, liberto de Nerón. Allí asistió a las lecciones de Musonio Rufo. Manumitido en algún momento, abrió escuela en Roma y, tras la expulsión flavia de los filósofos en torno al 93 d.C., se trasladó a Nicópolis, en Epiro, donde enseñó hasta su muerte hacia el 135. Como Musonio, no escribió. Su discípulo Flavio Arriano —el mismo que escribiría más tarde una Anábasis de Alejandro en imitación de Jenofonte— transcribió sus lecciones. De los ocho libros originales de Disertaciones conservamos cuatro, además de un breve compendio titulado Encheiridion, "manual" en sentido literal, "puñal" en sentido figurado.

La enseñanza de Epicteto es la formulación más severa y didáctica del estoicismo imperial. Su núcleo es la distinción entre lo que está en nuestro poder (ta eph'hēmin) y lo que no lo está. En el primer grupo: el juicio, el deseo, la aversión, el impulso. En el segundo: el cuerpo, la propiedad, la reputación, los cargos, todo lo demás. La práctica filosófica consiste en no asumir como propio lo que no lo es, en no dejarse perturbar por pérdidas o ganancias en el segundo grupo y en cuidar con rigor de las operaciones del primero. La exigencia es alta: no admite gradaciones de comodidad. Epicteto recurre a una pedagogía de la repetición, del ejemplo concreto, del diálogo con interlocutores ficticios, y deja al lector con la sensación de no poder excusarse.

El Encheiridion, compuesto por Arriano a partir de las Disertaciones, se convirtió ya en la Antigüedad tardía en libro de cabecera de la educación filosófica. Simplicio, neoplatónico del siglo VI, escribió un comentario monumental que se difundiría junto al texto. En el siglo XV, los humanistas bizantinos lo introdujeron en Italia. En 1567 Justo Lipsio lo incorporó al programa neoestoico. En 1640, Francisco de Quevedo lo tradujo al castellano con prólogo doctrinal. Pascal lo leyó. Frederick Douglass, ya en el siglo XIX, lo citaba como uno de los libros que más le habían formado.

Marco Aurelio: el cuaderno del emperador

Marco Aurelio Antonino (121–180 d.C.) accedió al trono en el 161, en sucesión adoptiva a Antonino Pío. Gobernó dieciocho años en condiciones difíciles: peste antonina, guerras dacias, sublevación de Avidio Casio en Oriente, campañas casi ininterrumpidas en el Danubio contra los marcomanos y los cuados. Murió en Vindobona —la actual Viena— en el 180. Su único hijo varón superviviente, Cómodo, sucedió en el principado y rompió con la tradición adoptiva de los Antoninos.

Los doce libros conocidos como Meditaciones —el título griego, Tà eis heautón, "a sí mismo", es más exacto— fueron escritos en su mayor parte entre el 170 y el 180, durante las campañas del Danubio, en griego. No hay indicación de que estuvieran destinados a publicación: son notas, ejercicios espirituales en el sentido que Pierre Hadot ha precisado en La ciudadela interior, fragmentos de meditación dirigidos a uno mismo en los que el emperador repite, glosa y aplica a su propia vida los principios de Epicteto, a quien menciona explícitamente, y de Crisipo, a quien también nombra. La transmisión textual es accidentada: el manuscrito principal procede de una copia bizantina del siglo IX o X, y la edición princeps no apareció hasta 1559 por iniciativa de Wilhelm Xylander.

Lo notable de las Meditaciones no es la novedad doctrinal —prácticamente todo lo que contienen está ya en la tradición— sino la naturaleza del ejercicio. Marco Aurelio escribe en imperativo dirigido a sí mismo, en preguntas, en autoexhortaciones, en síntesis. Hadot ha mostrado que cada anotación corresponde a alguno de los tres campos del trabajo filosófico estoico tal como lo había codificado Epicteto: la disciplina del juicio, la disciplina del deseo, la disciplina de la acción. La prosa, abrupta y a veces oscura, no busca elegancia sino eficacia interior. Es, en términos formales, el documento más íntimo que un emperador romano dejó sobre sí mismo, y el último gran texto del estoicismo imperial.

El final del estoicismo institucional

Después de Marco Aurelio, el estoicismo deja de tener una representación filosófica de primer rango. El siglo III d.C. trae la crisis del Imperio, la sucesión de emperadores efímeros, la presión externa, el desplazamiento del centro intelectual hacia Alejandría, donde la nueva escuela dominante será el neoplatonismo de Plotino. La cátedra estoica que Marco Aurelio había dotado en Atenas en el 176, junto con cátedras platónica, peripatética y epicúrea, todavía se mantiene en el siglo III, pero los nombres de sus titulares apenas nos han llegado.

El proceso de absorción es doble. Por un lado, el neoplatonismo de Plotino, Porfirio, Jámblico y Simplicio integra elementos estoicos —especialmente la teoría de los logoi spermatikoi, las nociones de providencia y simpatía cósmica, y la psicología de las pasiones revisada por Posidonio— dentro de un marco metafísico distinto. Por otro, el cristianismo en formación recoge categorías morales estoicas y las reordena en una teología nueva. Tertuliano, hacia el 200 d.C., cita repetidamente a Séneca y le dedica la fórmula "Seneca saepe noster" —"Séneca, a menudo de los nuestros"—. Lactancio, a comienzos del siglo IV, cita extensamente a Cicerón y a Séneca; gracias a él se conserva la formulación de la ley natural en el libro III del De re publica. Ambrosio de Milán, hacia el 386, escribe un De officiis ministrorum calcado en estructura del de Cicerón, sustituyendo el modelo del magistrado pagano por el del clérigo cristiano. Agustín de Hipona reconoce explícitamente en las Confesiones y en De civitate Dei haber leído de joven el diálogo perdido Hortensius de Cicerón, en el que se exhortaba a la filosofía, y haber recibido de él el primer impulso hacia la búsqueda de la sabiduría. Toda una vena del pensamiento moral cristiano latino está nutrida, sin discusión, por la prosa estoica romana.

El cierre formal de un capítulo se asocia tradicionalmente al edicto del emperador Justiniano del año 529 d.C., que prohibió a los paganos enseñar en Atenas y precipitó el cierre de la Academia. Aunque, estrictamente hablando, esa medida afectó al neoplatonismo y no al estoicismo —que como escuela viva ya hacía mucho tiempo que no existía—, simboliza el fin del régimen institucional de las escuelas filosóficas atenienses iniciado en el siglo IV a.C. con Platón. Los últimos diádocos neoplatónicos, encabezados por Damascio, partieron entonces hacia la Persia sasánida, donde encontraron acogida temporal en la corte de Cosroes I. Algunos regresaron poco después al Imperio bajo amnistía. Simplicio, ya entrado en años, escribió en este periodo su comentario al Encheiridion de Epicteto, que es, en muchos sentidos, la última gran obra del mundo antiguo dedicada al pensamiento estoico.

Recepción posterior: del medioevo al neoestoicismo y la Ilustración

El estoicismo no se transmite a la Edad Media latina como sistema, sino fragmentado en autores y en máximas. Boecio, en la Consolación de la filosofía escrita en su prisión en el 524, mezcla elementos estoicos, platónicos y aristotélicos en una síntesis que será leída durante mil años. Los florilegia medievales recopilan sentencias de Séneca y de Cicerón. Pseudoescritos como las Cartas de Séneca a Pablo circulan ya en el siglo IV y atraviesan toda la Edad Media: alimentan la idea, falsa pero persistente, de un Séneca cristiano. Dante, en el Inferno, sitúa a Séneca, a Cicerón, a Catón, a Marco Aurelio en el limbo, entre los justos paganos.

El redescubrimiento sistemático llega con el humanismo. Petrarca lee a Cicerón con devoción y le escribe cartas. Salutati, en Florencia, recupera tratados ciceronianos perdidos. La editio princeps de las Meditaciones aparece en 1559. Justo Lipsio publica en 1584 De constantia y en 1604 una Manuductio ad stoicam philosophiam y una Physiologia stoicorum: nace lo que la historiografía ha llamado neoestoicismo, una corriente que combina lectura estricta de los textos antiguos con una apropiación moderna afín a la moral cristiana. Bajo el influjo de Lipsio escriben Du Vair en Francia y Quevedo en España. Descartes, en la cuarta parte del Discurso del método, formula una "moral provisional" que cita explícitamente a los estoicos.

En la Ilustración, los philosophes rescatan a Marco Aurelio y a Epicteto como ejemplos de virtud no eclesiástica. Diderot escribe un Essai sur les règnes de Claude et de Néron en el que defiende a Séneca de las acusaciones tradicionales. Adam Smith, en la Teoría de los sentimientos morales, dedica páginas a la concepción estoica de la simpatía y de la providencia. Kant, en algunos pasajes de la Crítica de la razón práctica y de la Metafísica de las costumbres, dialoga abiertamente con la idea estoica del deber, aunque la transforma. En el siglo XIX, Schopenhauer y, sobre todo, Nietzsche reactivan la lectura del Pórtico, este último con una ambivalencia profunda —admira la severidad del cosmopolitismo estoico y al mismo tiempo lo acusa de tiranía moral—. En la primera mitad del XX, Pierre Hadot reabre, desde la historia de la filosofía antigua, la pregunta por los "ejercicios espirituales" como forma propia de la filosofía grecorromana.

En el ámbito clínico, Aaron Beck y Albert Ellis, fundadores de la terapia cognitiva y la terapia racional emotivo-conductual hacia la mitad del siglo XX, citan explícitamente a Epicteto y a Marco Aurelio. La fórmula del Encheiridion según la cual "no nos perturban las cosas, sino las opiniones que tenemos sobre ellas" se cuenta entre las epígrafes más reproducidas de la psicología contemporánea. La discusión académica sobre la fidelidad de esa apropiación —desde A.A. Long hasta John Sellars y Massimo Pigliucci— es viva y matizada.

Un balance historiográfico

Si se mira el conjunto, el estoicismo romano no fue una repetición provincial del estoicismo ateniense, ni tampoco una traición a los maestros antiguos. Fue una recepción crítica que hizo dos cosas. Por un lado, conservó y transmitió a Occidente una doctrina que, sin Cicerón y sin Séneca, hubiera quedado reducida a fragmentos griegos como ocurrió, por ejemplo, con la mayor parte de la obra de Crisipo. Por otro, transformó la doctrina al hacerla pasar por la experiencia romana del cargo, del mando, de la oposición política, del exilio y, llegado el caso, del suicidio voluntario como acto filosófico.

La continuidad entre Panecio y Marco Aurelio, separados por más de doscientos cincuenta años, no es la de un dogma inmóvil sino la de una tradición que se autocomprende y se rehace. En Panecio se atenúa el rigor del paradigma del sabio; en Posidonio se reconoce la dimensión irracional del alma; en Cicerón se traduce el vocabulario al latín y se inserta en el debate jurídico-político; en Catón se asume como ética del cargo público hasta sus últimas consecuencias; en Séneca se da forma literaria al examen de conciencia; en Musonio se exige el ejercicio corporal y la igualdad educativa; en Epicteto se concentra todo en la disciplina del juicio; en Marco Aurelio se interioriza como cuaderno privado de quien debe gobernar el Imperio. Cada paso conserva el núcleo —la idea de que la virtud, conforme a la naturaleza racional, es suficiente para la felicidad— y redescribe sus consecuencias.

La bibliografía moderna ha desplazado la imagen romántica del estoico solitario hacia una comprensión más densa, social e histórica. A.A. Long y D.N. Sedley, en The Hellenistic Philosophers (1987), reunieron y comentaron en dos volúmenes los fragmentos y testimonios principales. Brad Inwood editó The Cambridge Companion to the Stoics (2003) y, además, dedicó libros monográficos a la ética estoica y a Séneca. Christopher Gill, en The Structured Self in Hellenistic and Roman Thought (2006) y en Naturalistic Psychology in Galen and Stoicism, ha reformulado la cuestión del yo en términos relacionales que iluminan la noción paneciana de persona. Pierre Hadot, en Ejercicios espirituales y filosofía antigua y en La ciudadela interior, ha recuperado la dimensión de práctica vital. Miriam Griffin, en su biografía Seneca: A Philosopher in Politics, fijó el estado de la cuestión sobre el filósofo cordobés. John Sellars, Anthony Long, Pierluigi Donini y, en lengua francesa, Jean-Joël Duhot y Jean-Baptiste Gourinat, han continuado la tarea desde distintos ángulos.

Estudiar el estoicismo romano hoy es entrar en una conversación que tiene más de dos mil años de profundidad y en la que se cruzan filosofía, política, derecho, medicina, literatura, teología y, en el último siglo, psicología clínica. La línea que va de Panecio a Marco Aurelio, pasando por Cicerón, Catón, Trasea, Helvidio, Musonio, Séneca y Epicteto, dibuja, dentro de la historia de la cultura europea, uno de los pocos ejemplos en los que una filosofía técnica fue absorbida por la práctica política y devuelta, transformada, a la posteridad como herencia compartida.


Continúa la lectura

· Sistemas, no motivación

¿Listo para ordenar lo que importa?

Los conceptos sin sistema son ruido. Nuestras plantillas convierten ideas estoicas en hojas que mides cada día.

← Volver a Rincón de la Sabiduría