· Filosofía estoica

Estoicismo en la era del scroll infinito

Aza Raskin, Tristan Harris, BJ Fogg, Gloria Mark, Kahneman. Refuerzo variable y prosoché: cómo se diseña la atención y cómo se reclama.

12 Oct 2020 9 min de lecturapor Estoicismo Digital
Ilustración de Epicteto resistiendo una espiral hipnótica de luz — estoicismo en la era del scroll infinito

En 2006, un diseñador de veintidós años llamado Aza Raskin escribió unas líneas de código para resolver lo que entonces parecía un problema menor de usabilidad: el botón "siguiente página". Su solución fue elegante. En lugar de obligar al usuario a hacer clic, el contenido se cargaría solo, sin interrupción, mientras el dedo siguiera deslizándose hacia abajo. Lo llamó scroll infinito. Años después, Raskin diría en entrevistas con la BBC y en el documental The Social Dilemma (2020) que se arrepentía profundamente. Calculó, en una estimación conservadora, que su invención le robaba a la humanidad alrededor de 200.000 vidas humanas equivalentes al día, medidas en horas de atención. Ningún tribunal lo juzgará por eso. El daño no está tipificado.

El scroll infinito no es una metáfora del problema contemporáneo. Es el problema. Y ese problema tiene un nombre técnico, casi industrial: economía de la atención. La frase la popularizó el economista Herbert Simon en 1971, cuando observó que la información, lejos de ser un bien escaso, se había vuelto tan abundante que lo escaso era la atención humana capaz de procesarla. Simon escribió eso antes de que existieran los smartphones. Hoy esa observación se lee como una profecía leída en voz baja al borde de un acantilado.

La fábrica que vende tu mirada

Tristan Harris, ex especialista en ética de diseño en Google y fundador del Center for Humane Technology, lo formuló sin eufemismos: las plataformas no compiten por tu suscripción ni por tu dinero directo. Compiten por tu tiempo de pantalla. Y ese tiempo se vende, en subasta, a anunciantes que pagan por aparecer entre dos videos de gatos o dos fragmentos de noticias. Harris llamó a esto la carrera hacia el tronco encefálico: cada plataforma tiene un incentivo económico para apelar a las partes más antiguas y menos racionales del cerebro, porque es ahí donde se gana la batalla por los segundos.

La infraestructura intelectual de esa carrera no se inventó en TikTok ni en Meta. Se enseñó, con financiamiento académico y respetabilidad institucional, en Stanford. En 1998, B.J. Fogg fundó allí el Persuasive Technology Lab y publicó en 2003 el libro fundacional del campo: Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and Do. Fogg acuñó el término captología —del acrónimo en inglés CAPT, "computers as persuasive technologies"— y entrenó a una generación entera de diseñadores en cómo usar disparadores, motivación y capacidad para inducir conductas. Mike Krieger (cofundador de Instagram), Nir Eyal y otros ingenieros de plataformas pasaron por sus aulas. Lo que en 2003 se planteaba con mesura ética, en 2014 se vendía como manual de growth hacking.

Ese manual lo escribió Nir Eyal en Hooked: How to Build Habit-Forming Products. Su modelo —disparador, acción, recompensa variable, inversión— se convirtió en la biblia de los product managers de Silicon Valley durante una década. Eyal publicó después Indistractable (2019), donde, sin contradecirse del todo, argumentaba que el problema ya no era el diseño de los productos, sino la incapacidad del usuario para gestionar su atención. Esa pirueta —enseñar a construir el anzuelo y luego cobrar por enseñar a no morderlo— es uno de los gestos más reveladores de la cultura tecnológica contemporánea.

Skinner en tu bolsillo

El elemento central del modelo no es la novedad. Es el refuerzo variable. B.F. Skinner lo describió en sus experimentos con palomas en los años cincuenta: cuando una recompensa aparece según un programa fijo, el animal aprende a esperarla y se aburre. Cuando aparece según un programa de razón variable —a veces sí, a veces no, sin patrón predecible— el animal picotea sin tregua, mucho más allá de cuando el alimento ha cesado. Las máquinas tragamonedas funcionan así. Los feeds también.

Cada vez que tiras hacia abajo para refrescar Instagram o Twitter, estás operando un mecanismo idéntico al de una palanca de Las Vegas. La mayoría de las veces no encuentras nada interesante. De vez en cuando, una imagen, un video, un mensaje, un comentario produce una pequeña descarga de dopamina. Esa intermitencia es, según décadas de literatura conductual, la estructura de refuerzo más resistente a la extinción que conocemos. No es una metáfora decir que el feed te entrena. Es literal.

El costo cognitivo que no sale en la factura

Gloria Mark, profesora de informática en la Universidad de California en Irvine, lleva más de dos décadas midiendo con cronómetro la atención humana en entornos digitales. Sus datos, publicados en estudios académicos y resumidos en Attention Span (Hanover Square Press, 2023), son brutales en su precisión. En 2004, su equipo midió que las personas mantenían el foco sobre una pantalla durante un promedio de dos minutos y medio antes de cambiar de tarea. Hacia 2012 ese promedio había caído a unos setenta y cinco segundos. En estudios más recientes, la cifra ronda los cuarenta y siete segundos. Cada cambio implica un costo cognitivo: tiempo de recuperación, errores, fatiga acumulada. Mark calcula que la persona promedio que trabaja con interrupciones digitales termina la jornada con un nivel de cortisol comparable al de quien acaba de salir de una entrevista hostil.

Linda Stone, ex ejecutiva de Apple y Microsoft, propuso un nombre para este estado: continuous partial attention, atención parcial continua. No es multitarea —que implica ejecutar varias tareas— sino la disposición permanente a no estar plenamente en ninguna, vigilando todo el tiempo si llega algo más interesante. Stone observó que esa disposición, sostenida durante años, produce un tipo de cansancio sin nombre, un agotamiento que no se cura durmiendo.

Antes de Stone y Mark, Daniel Kahneman había sentado las bases teóricas en Attention and Effort (1973), donde demostró que la atención no es un foco de luz que se mueve sin coste, sino un recurso finito que se gasta. Lo que Kahneman planteó como modelo experimental, Mark y Stone lo verificaron en oficinas y hogares cuarenta años después: el recurso se está agotando.

Pasión, en el sentido antiguo de la palabra

Cuando Marco Aurelio escribió, hacia el año 170, los apuntes que conocemos como Meditaciones, no usaba un vocabulario religioso ni metafórico. Usaba el vocabulario clínico del estoicismo. Pathos —pasión— significaba para él, como para Crisipo y Epicteto, cualquier movimiento del alma en el que algo externo arrastra a la razón. No era pecado. Era enfermedad del juicio. En el libro IV.39, escribe que el daño no está en lo que sucede afuera, sino en el juicio que el alma da sobre eso. En VII.55, recomienda atender a lo que está delante con la totalidad de la atención, como si nada más existiera.

El filósofo francés Pierre Hadot, en Ejercicios espirituales y filosofía antigua, recuperó la palabra que los estoicos usaban para esa atención: prosoché. No significa concentrarse en algo en particular. Significa una vigilancia permanente sobre la propia actividad mental, un estado del que se entra y del que se sale conscientemente. Para Hadot, prosoché era el ejercicio fundacional de la filosofía estoica: sin él, ningún otro principio se sostiene.

Epicteto, en sus Disertaciones, dedicó páginas enteras al problema del asentimiento. Su tesis, dicha en pocas palabras: las impresiones llegan sin pedir permiso, pero el asentimiento —la aprobación interna que las convierte en juicio y en acción— es nuestro y solo nuestro. La impresión tengo que ver qué pasó aparece sola. El asentimiento que la convierte en cuarenta minutos de scroll lo damos nosotros, momento a momento, sin advertirlo.

Que un sistema técnico esté diseñado, con miles de ingenieros e ingenierías de doctorado, para producir impresiones a un ritmo industrial y para arrancar el asentimiento antes de que la razón pueda intervenir, es la versión contemporánea, escalada, de lo que los estoicos llamaron pasión. No es una analogía piadosa. Es una descripción técnica.

El detox como mercadotecnia

Ante este diagnóstico, la industria que produce el problema vende también la cura. Aplicaciones que limitan el uso de aplicaciones. Retiros de fin de semana sin teléfono. Libros de productividad que prometen recuperar la concentración en treinta días. Alex Soojung-Kim Pang, en The Distraction Addiction, observó que el "digital detox" se ha convertido en una industria de varios cientos de millones de dólares anuales, y que su mensaje implícito es siempre el mismo: el problema es tuyo, la solución también, paga por ella.

Jaron Lanier, uno de los pioneros de la realidad virtual, lo dice de otro modo en Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato: cuando un servicio es gratis, el producto eres tú; cuando un servicio cobra por liberarte de sí mismo, el producto sigues siendo tú. La individualización del problema —la idea de que tu falta de concentración es una falla moral o de carácter— oculta que el problema es estructural. Está construido. Tiene accionistas, modelos de negocio, métricas trimestrales.

Jean Twenge, en iGen (2017), documentó con datos longitudinales el deterioro de la salud mental adolescente que coincidió con la penetración masiva del smartphone. Sus correlaciones, debatidas pero persistentes, apuntan a algo que ningún detox individual repara: una generación entera fue expuesta sin consentimiento informado a un experimento de diseño persuasivo a escala planetaria. Pedirle a un adolescente que aplique prosoché contra el algoritmo que optimiza, en tiempo real, mil millones de variables conductuales para mantenerlo enganchado, es una asimetría que ninguna filosofía individual cierra.

Sin moraleja

El estoicismo no resuelve el scroll infinito. Ningún ejercicio espiritual antiguo está dimensionado para enfrentarse, en condiciones de igualdad, con un sistema diseñado por miles de ingenieros optimizando bucles de refuerzo variable contra el cerebro de una persona sola. Decir lo contrario es vender otra app más, con barniz clásico.

Lo que el estoicismo ofrece es algo más austero: un vocabulario para nombrar lo que ocurre. Llamar pasión a lo que se siente cuando han pasado cuarenta minutos sin que mediara una decisión. Llamar asentimiento al instante minúsculo en el que la mano se mueve hacia el teléfono. Llamar prosoché a la vigilancia mínima que distingue al sujeto de la materia prima. Ese vocabulario no devuelve la atención robada. Pero al menos hace visible el robo. Y lo que es visible puede, eventualmente, regularse, organizarse, resistirse colectivamente. Lo invisible, no.

Marco Aurelio escribió, sin saberlo, una frase que parece dirigida a este momento: el alma se tiñe del color de sus pensamientos. Si los pensamientos son, durante varias horas al día, los que un sistema diseñado para extraer atención decide producir, el alma adquiere ese color. No por debilidad. Por exposición. La pregunta no es cómo dejar de scrollear. Es quién está, hoy, en condiciones de decidir qué se ve, durante cuánto tiempo, y a beneficio de quién.


Continúa la lectura

· Sistemas, no motivación

¿Listo para ordenar lo que importa?

Los conceptos sin sistema son ruido. Nuestras plantillas convierten ideas estoicas en hojas que mides cada día.

← Volver a Rincón de la Sabiduría